Amanda no recuerda un momento exacto en que empezara todo. Más bien, habla de una atracción innata. “Yo siento que son mi animal espiritual”, dice, tratando de explicar un vínculo que viene desde la infancia, cuando vivía en Antihuala, un pueblo ubicado en la región del Biobío.

Ahí, las ratas no eran mascotas, eran intrusas. “Siempre uno veía a las ratas pasearse y se metían a la casa. Mi papá las mataba, pero yo las encontraba tan lindas y trataba de salvarlas”, recuerda.

Mientras su padre las perseguía, ella hacía lo contrario: “Cuando él trataba de agarrarlas, yo les abría la puerta para que escaparan”. A los 12 años tuvo sus primeras ratas como mascotas, sin embargo, lo hizo sin mucha información al respecto y en la clandestinidad. “Las adopté sin el permiso de mis papás”, cuenta.

Al principio, las tenía escondidas en un cajón de su pieza, “las criaba terrible”, reconoce, “no había nada de información, menos en el pueblo chiquitito donde yo vivía”. El secreto de las ratas duró poco, pues sin saberlo, Amanda había adoptado a un macho y a una hembra, sin imaginar que se iban a reproducir sin control. “Se multiplicaron mucho, tuvimos problemas porque se nos arrancaban.

Siempre he tenido ese dolor de que no pude cuidarlas bien cuando era chica”, dice. Pero con los años pudo transformar esa culpa en compromiso. Durante la pandemia, ya viviendo con su ahora esposo, Amanda decidió volver a intentarlo, esta vez, informada.

“Adopté mi primera pareja de ratitas. Me preocupé de que fuesen dos hembras”, aclara. Sabía que no podían estar solas: “Son animales gregarios que buscan el contacto con otras ratas, si es que los tienes de a uno, tienen problemas”, explica.

Sin embargo, convencer a su pareja no fue fácil. “Me decía: ‘¿Cómo vamos a tener esos bichos? Tienen enfermedades’”.

Amanda entendió el estigma que suele existir y por eso decidió hacer pedagogía cotidiana: “Todos los días le mostraba videos de ratas mascotas”, hasta que cedió. Así llegaron Serranita y Carioca. Después vendrían más: Tabletona, Pedro, Mayoneso, Chicharrón y Copito.

En total, ha tenido siete que ya fallecieron y dos con las que aun vive. “Era como que necesitaba tener más ratas. Las veía y no podía evitar adoptarlas”, cuenta.

Así fue como nació la cuenta de Instagram @mandirats, donde comparte las andanzas de sus pequeños compañeros de vida. Hoy vive con La Roca y Copita, ambas rescatadas, ya que sus dueños que no las tenían en buenas condiciones. Amanda las integró completamente a su rutina y a su familia: “Son mi compañía”, dice.

Algunas mañanas adapta la terraza de su departamento para que caminen libremente. “Guardo todo, porque todo lo muerden”, explica, para luego soltarlas y dejar que corran. Pasan el día tranquilas en su jaula, donde ambas se hacen compañía, se acicalan una a la otra y duermen juntas.

En la noche, las vuelve a dejar libres e incluso se acuestan en la cama con Amanda y su esposo. “Son como un mini perrito”. Si hay algo que a Amanda le sorprende de estos animalitos, incluso después de años, es su inteligencia.

“Pueden aprender trucos muy elaborados”, dice. Con Copito, la rata con la que ha formado un vínculo más profundo, llegó más lejos que trucos: logró que pintara pequeños cuadros. La pintura eran colorantes disueltos en agua, y Copito “aprendió el patrón: pintura, cuadrito, premio”, cuenta Amanda.

Las obras hechas por la rata causaron tanto revuelo en redes sociales que incluso vendió ejemplares, transformando a Copito en un artista y en una celebridad. Sin embargo, el profundo vínculo que Amanda desarrolla con sus mascotas, tiene un costo emocional alto. Las ratas viven poco, máximo tres años, y ella lo sabe.

Copito ha sido su mascota más importante: “Fue mi regalón, hasta dormía conmigo”. Cuando enfermó, lo cuidó durante dos meses, día y noche. “Le daba remedios cada ocho horas, estaba encima de él todo el día”, recuerda.

Cuando murió, el golpe fue total. “Fue como perder un hijo para mí”, dice. “Estuve dos meses con depresión, lloraba todos los días.

Tuvimos una relación súper intensa, se sintió como que me quitan un pedacito del corazón”, dice emocionada. Y es que, esto “más que como una familia humana, es como una manada animal. Yo soy la líder y ellas me siguen, porque saben que siempre las voy a proteger y cuidar”.

Hace poco más de un mes Amanda celebró su matrimonio, y las ratas también estuvieron presentes. No físicamente en la fiesta, pues asegura que “el ruido no hubiese sido bueno para ellas”, pero sí en la preparación previa junto a ella y en detalles de la fiesta. Las mesas de los invitados llevaban los nombres de sus ratas acompañadas de fotografías.

Hubo decoración temática y hasta apareció un acordeonista disfrazado de ratón: “Era mi matrimonio y yo ponía lo que quisiera”. Para ella, el momento más especial fue cuando se peinó y maquilló, pues ahí su rata, La Roca, la acompañó vestida con un pequeño velo de novia. El pequeño animal permaneció todo el tiempo en su hombro acompañándola.

Este día sin duda fue muy especial para ella, pues asegura que gracias a los detalles que incluyeron “se notó mucho que era algo nuestro”. Si tuviera que resumir lo aprendido, Amanda no duda: “Yo creo que he aprendido a amar sin ninguna condición”. Lo dice pensando en Mayoneso, una de sus ratas más difíciles, que incluso la mordió fuerte y su entorno le sugería deshacerse de él.

Pero ella decidió lo contrario: “No me importa cómo sea, era mi niño”. Y ahí está, quizás, la clave de todo su relato: una forma de amor que no distingue especie, utilidad ni prejuicio. “Los voy a amar igual, porque yo decidí tenerlos”, dice.

Tener ratas como mascotas implica, también, defenderlas. “La gente en Chile no sabe que existen ratas mascotas”, dice. Es por eso que insiste en visibilizar esta realidad, por eso forma parte de una comunidad que organiza un encuentro llamado “Rodentopia”, donde dueños de roedores comparten experiencias: “Comunicamos que de verdad las ratas son un ser vivo que merece la pena”, dice.

Y concluye: “En general, son seres que sienten, generan vínculos y tienen emociones. No es necesario matarlas o hacerlas sufrir. No es menos malo que matar a cualquier otro animal, porque es una vida y todas las vidas valen”.