La obra poética de políticos liberales y conservadores, chilenos como Alberto Blest Gana (A Freire, 1856) o Carlos Walker Martínez (A O’Higgins, 1868); y peruanos como Ricardo Palma (Farewell, 1860) o Felipe Pardo y Aliaga (Constitución Política: poema descriptivo, 1886) en Perú, muestran el rico clima valórico cultural existente en ambas naciones durante el siglo XIX, uno de los pilares estructurales de estas nuevas repúblicas. Aun cuando ambos países se enfrentan durante la Guerra del Pacífico (1879-1884), estos no fueron aniquilados por el conflicto bélico. Las cartas del capitán de navío Miguel Grau (2 de junio, 1879) a Carmela Carvajal de Prat, viuda del capitán de corbeta Arturo Prat, muerto heroicamente en Iquique el 21 de mayo de 1879, y su respuesta (1 de agosto, 1879), expresan la densa base valórica que las inspira.

Esta dramática correspondencia -exhibida en el Museo “Huascar” en la Base Naval deTalcahuano- ilustra ese mundo político intelectual. En ellas, Miguel Grau considera que un “sagrado deber me autoriza a dirigirme a Ud. y siento profundamente que esta carta, por las luchas que va a rememorar, contribuya a aumentar el dolor que hoy justamente debe dominarla”.

Carmela Carvajal, reconociendo el gesto, le agradece su “sentimientos magnánimos” y “la hidalguía del caballero antiguo, [con que] se digna usted acompañarme en mi dolor”. Grau destaca el heroísmo de Prat, enaltecido por “su temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su patria”; a lo que la viuda le responde: “un jefe semejante, un corazón tan noble, se habría, estoy cierta, interpuesto, de haberlo podido, entre el matador y su víctima, y habría ahorrado un sacrificio tan estéril para su patria como desastroso para mi corazón”. Traduciendo sus palabras en hechos, Grau le señala que “Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso y triste deber de enviarle a usted las inestimables prendas que se encontraron en su poder”.

Entre las cuales consigna: “Una espada sin vaina, pero con sus respectivos tiros; Un anillo de oro de matrimonio”. Ante lo cual Carmela Carvajal agradece “la generosidad de enviarme las queridas prendas que se encontraban sobre la persona de mi Arturo […] y que tiene aún el más raro valor de desprenderse de un valioso trofeo poniendo en mis manos una espada que ha cobrado un precio extraordinario por el hecho mismo de no haber sido jamás rendida”. Cierra Grau su carta: “Reiterándole mis sentimientos de condolencia, logro, señora, la oportunidad para ofrecerle mis servicios, consideraciones y respetos con que me suscribo de usted, señora, muy afectísimo seguro servidor”.

Y Carmela Carvajal concluye la suya reconociendo estar “Profundamente reconocida por la caballerosidad de su procedimiento hacia mi persona y por las nobles palabras con que se digna honrar la memoria de mi esposo”. Este humano y sincero intercambio epistolar permite percibir un mundo en que esos valores éticos y morales eran las principales virtudes del nuevo ciudadano republicano. Como anticipaba Camilo Henríquez (1813), “la justicia, el desprendimiento de intereses personales, prefiriendo al bien particular y propio el bien público, y la causa de la libertad” debían ser los principales valores nacionales y advertía que “por falta de estas virtudes estamos a ser esclavos eternamente”.

Un siglo y medio después, esos pilares republicanos, como fantasmas del siglo XIX, nos siguen penando.