Hoy, acceder a la información es más rápido que nunca. Principales aliados en esto son los modelos de lenguaje de inteligencia artificial generativa al alcance de cualquier persona con un dispositivo electrónico con conexión a internet. Cualquiera sea la pregunta, el modelo de lenguaje de inteligencia artificial generativa tendrá la respuesta.
En este escenario, es habitual escuchar que la IA ha llegado para democratizar la información. Como una suerte de gran sol que todo lo ilumina, la IA como fuente de información irradia las mentes de curiosos que buscan velocidad y respuestas inmediatas. Ante esto, pareciera que la resistencia es inútil.
Los beneficios son evidentes. Pero, ¿qué hay de los riesgos? En particular, pareciera abrirse paso uno inminente: el control de la información.
Acceder a la información —pública— de forma libre y sin filtros es una condición necesaria del ejercicio democrático. Sin información libre no sabemos, sabemos a medias, o peor aún, exclusivamente sabemos exactamente lo que otro quiera que sepamos. Luego, entonces, si cada vez que se digita un prompt (instrucción, marco o texto que se entrega a la IA para obtener una respuesta) hay detrás un algoritmo que elige qué mostrar, entonces la IA se convierte, por ese solo hecho de digitación y su consecuente resultado, en un agente que realiza censura previa.
Una máquina perfecta de neutralización ciudadana. Si se ve, no hay únicamente deuda cognitiva; también hay deuda democrática. Así las cosas, no solamente tenemos como resultado información no-libre, sino que esta es cuidadosamente diseñada para mostrarse mediante algoritmos predeterminados por humanos con intereses políticos y económicos creados —sean cuales sean—, afectando directamente el derecho de acceder a la información de forma libre y espontánea.
Esto es de capital importancia. Entrar a buscadores de internet hoy es disfrutar un menú. Un menú controlado, ciertamente, pero que permite elegir el plato y entrar hasta la cocina para saber quién y cómo lo cocinó.
Sin embargo, a este paso, en unos años más, ingresar a internet será sentarse en la silla y comer el plato predispuesto. Si es que el chef lo permite y la suerte nos acompaña, podremos ver al cocinero desde lejos y en un rápido vistazo, sin posibilidades de saber nada útil respecto de la forma en que nos cocinó o incluso, qué nos cocinó realmente. Quien controla la información, domina al control ciudadano.
Una sociedad democrática sin control ciudadano libre no puede tampoco votar libremente, incluso si consiente en perder el control. Al chef siempre lo contrata alguien. Y si el chef es el dueño, o un pariente de él, de todas formas necesita comensales.
Sigamos teniendo hambre, pero no dejemos de visitar la cocina.