No es martes otra vez, es un nuevo martes. No es otoño otra vez, es un nuevo otoño. Diferencia y repetición, así mismo se llama el libro de Gilles Deleuze de 1968.
Ese es el entusiasmo, al menos debería serlo. Es que es preciso mencionar a este mismo filósofo francés para pensar en nuestra salud mental a propósito de las fugas y las reventadas de moléculas que está comenzando a generar el sistema en la sociedad actual. Lo primero que podría decir alguien es que siempre han pasado este tipo de cosas, al estilo Chacal de Nahueltoro, por eso pongamos al tiro el freno, antes, en la barbarie, si es que ocurría, no era premeditado bajo un plan macabro y bien pensado como ocurre con estos casos tipo Elephant de Gus Van Sant de 2003.
Película que aborda estos brotes psicóticos de muchachos que son el grito ahogado de un problema que no se trata, por ello el término elefante dentro de una habitación, un problema gigante, pero invisibilizado. Hernán Meneses, el Elephant chileno, con su pequeño plan titulado Dies irae, desata su día de furia al puro estilo norteamericano. O sea, sí, perdimos, hasta que nos terminamos convirtiendo en yankees, qué bonito.
Veíamos películas como Elephant o como “Tenemos que hablar de Kevin” (2011) de la directora Lynne Ramsay y decíamos que esas cosas no pasaban en Chile. No estábamos tan mal. Bueno lo estamos.
Llegamos al punto. La sociedad se ha enfermado y ya comienza a reventar moléculas que explotan en actos poco habituales para nuestra región. No lo soportan más.
La sociedad está huérfana, no hay un sostén institucional que pueda amparar esta terrible soledad y vacío que deja el neoliberalismo, cuando el Estado pasa a ser algo tan diminuto que cualquier empresa le pone el pie encima. Nos dejamos estar, es culpa nuestra, nos dormimos, y somos nosotros mismos quienes pagamos los platos rotos de un sistema que se gobierna tan rústicamente considerando nuestros tiempos de conexión, de red, de multitud y sin duda que de entendimiento. Si la guerra en Vietnam hizo a los jóvenes sacarse la ropa, ponerse flores y defender los derechos humanos con colores y amor, esta sociedad, la actual, ya tiene esas mismas exigencias, pero ahora como mínimos, lo que no hace que sea tan alegre la cosa.
Ese el problema del avance del capitalismo desatado. Además, advirtamos que los hippies brotaron de tiempos mejores, más felices. Su periodo también es el resultado de un siglo de mucha conciencia social.
Así como Allende, la guinda de la torta de un periodo largo de sindicalismo y socialismo que inició a principios del siglo XX (Gabriel Salazar mediante). Bueno, por eso surgió el neoliberalismo, como reacción al socialismo que se levantaba, dice Foucault en el “Nacimiento de la biopolítica” (1979) y aclarado por Laval & Dardot en “La nueva razón del mundo: ensayo sobre la sociedad neoliberal” de 2013. Esta sociedad, no sé si mejor o peor, no sé si enferma o herida, la prefiero, obviamente porque es la presente, pero también porque está conectada, y con ello, está informada.
Ese es el poder más fuerte. Nuevos líderes quieren volver al feudalismo, pero ya no se puede, no son más que la rabieta, la fuga, el otro brote psicótico que emerge de la nueva era globalizada que pareciera encontrarse en un umbral, un tiempo axial. Por eso no es un miércoles más otra vez, ni otra vez el largo invierno que se avecina, porque todavía puede ser diferente e impensado.
La fuga es ontológica, la inmanencia es ontológica dice Deleuze. Ahora es cuando hay que recobrar el vigor de los hippies, ahora que el libertinaje del mercado ya comienza a invadir la orgánica de la constitución humana. Su naturaleza social ha sido contaminada y estamos empezando a reventar como burbujas saturadas de presión.
Todavía podemos trabajar por la democracia, lo amerita, justo ahora que América se hizo dictadura, con países presos como Venezuela y Ecuador, que tiene arrinconado a Cuba, que tiene guardias legales en Argentina y en Chile, ahora es cuando hay que volver a poner a la democracia sobre la mesa, aprender que no se trata de elecciones, sino de demandas civiles que se escuchan y se establecen como leyes. Suena tan simple y tan capturada está la soberanía a la vez. Ahora es cuando hay que despertar en masa.
Ahora que comenzó la robótica y los hologramas que superaron a esas primeras impresiones tipo Star Wars, con una persona saliendo virtualmente de la pantalla. Todo eso fue superado, ahora la pantalla todo lo puede. Tu recreación aparece ahí, con todos tus dientes y tus facciones, con tu voz y tu identidad suplantada, volviéndonos inmortales y perennes.
Ahora nadie muere, mientras se siga transmitiendo tu imagen en las redes sigues vivo. Esa tecnología alcanzamos y todavía no podemos unificarnos, fragmentados en redes donde cada uno levanta su propio sujeto. Me hace extrañar IRC, viva IRC, todos juntos en los mismos canales hablando todos a la vez, autorregulándonos solitos y desarrollando la comunicación escrita.
Pero claro, bien difícil de competir contra las redes y las ganancias comerciales que deja. Hay que cuidar la salud mental de la sociedad. Sin celular en las escuelas me parece que algo aporta; sin celular en las comidas, sin celular en las reuniones, volver al contacto.
Al principio puede desregularse, como andan diciendo algunos de que han vuelto los conflictos, pero eso se regula solo como el “mercado”, las interacciones sociales son trabajo de las unidades de convivencia escolar, el departamento más relevante de un establecimiento educativo a estas alturas. El más necesario al menos. Sin celular en el aula, ese es un buen decreto.
Sin pantallas. Al menos un oasis en el transcurso del día. ¿Seremos ya capaces de establecer nuestros propios decretos?
O todavía lo tiene que hacer un espectro social instalado en la gobernanza, pagados por nuestros propios bolsillos para que más encima nos empiecen a dictaminar decretos que van en contra de la bondad y el sentido común. Somos nosotros los responsables de poner a los DT de nuestro fútbol-país, nosotros los que trabajamos a diario los pusimos ahí, nosotros somos la soberanía y los podemos despedir cuando queramos y cuando queramos ponemos a otro. ¿Así funciona también la democracia o no?
Antes pensaba que no estábamos listos para eso, menos en un país que tiene fama de ser ordenadito y compuesto, sin saltarse las reglas. Aunque también, por otra parte, tiene fama de revuelta, de manifestación, de convocatoria. Yo soy optimista, creo en una sociedad mejor, como el meme que dice “El amor es como la política social, cuando llega todo cambia”.
Por eso todo puede ser diferente. Ya lo habíamos advertido antes, un país de constitución neoliberal con un gobierno de ultraderecha es la peor de las mezclas, y el rencor hacia los votantes, sobre todo hacia aquellos que se arrepintieron ya debe ir subsanándose; no todos saben votar todavía, es fácil ser engañados por lo demás. Pero, bueno, estamos hablando de sociedad, de cultivarnos mejor como cuerpo civil, de que no se revienten moléculas que terminan acuchillando a inspectoras de colegio.
Hablamos de ser personas, de no convertirnos en el ciudadano yankee, hijo de la tele, prepotente, ganador y saturado en grasas. Todavía podemos ser diferentes. La democracia aún no ha dicho su última palabra, y eso es lo que nos queda para vitalizarnos y ordenarnos para el bienestar civil, social, personal y humano; ante eso, no hay comercio que le compita.