Si remar juntos en vez de separados es lo que se requiere para lograr una migración global ordenada en lugar de caótica, lo mismo se necesita para enfrentar ese desafío que ha pasado a segundo plano por culpa de nuevas guerras innecesarias, pero que sigue siendo más real y urgente que nunca. Cuando la ONU se fundó, no se hablaba de cambio climático ni de crisis de la biodiversidad. Junto con la Gran Aceleración económica, sin embargo, nuestro uso y abuso de la naturaleza aumentó exponencialmente.

La doctrina de Soberanía Permanente sobre los Recursos Naturales que se estableció en los años ’60, para asegurar el crecimiento de los países menos desarrollados, hoy ya no puede justificarse si se la sigue entendiendo primariamente como derecho a explotar. Como futura secretaria, la encarezco a que cree un marco para que los estados en conjunto se hagan guardianes responsables de la naturaleza planetaria y no sólo la que cabe en sus territorios. Las agencias de medio ambiente que ya funcionan son necesarias, pero no suficientes para asegurarnos de que a futuras generaciones de Homo Sapiens y otras especies les quede planeta para vivir.

La ONU se creó antes de que viéramos la tierra desde el espacio: una sola casa sin divisiones visibles, interconectada y funcionando como un todo. Al mismo tiempo, el espíritu que animó la creación de la ONU es afín a esa imagen, y hoy ha llegado la hora de tomársela en serio. Nuestro sistema político global es joven y está en ajuste, pero ésa no es razón para descartarlo por completo a la primera panne.

Al contrario, es razón para revisar aquellos principios que lo fundaron y que hoy, debidamente reinterpretados, darían lugar a una ONU más fuerte, más representativa, y más sensible a los desafíos que enfrentamos como planeta. ¡Buena suerte, futura Secretaria General!