Tres alumnas retratan la vida escolar en una comunidad donde la naturaleza, la distancia y la cercanía conviven a diario. Antes de que la campana marque el inicio de la jornada, en la Patagonia profunda las historias ya están andando. En villa Cerro Castillo, capital de la comuna de Torres del Paine, cuando el día apenas comienza a aclarar entre cerros, escarcha y viento, hay estudiantes que ya están en camino.
Mientras el frío todavía aprieta sobre la pampa y los primeros vehículos cruzan las rutas de Ultima Esperanza, algunas mochilas ya avanzan rumbo al colegio. A simple vista, sus trayectos son distintos. También sus rutinas, sus paisajes y las realidades que las rodean.
Pero cada mañana, todas terminan en el mismo lugar: la Escuela Ramón Serrano Montaner. Ubicada en Villa Cerro Castillo, comuna de Torres del Paine, este establecimiento rural fronterizo, funciona como un punto de encuentro para 23 estudiantes, desde prekinder hasta 8° básico. En una de las comunas más pequeñas y reconocibles de la región, marcada por el turismo, la vida de campo y la cercanía con el Parque Nacional Torres del Paine, la escuela se levanta como un espacio donde la educación se entrelaza con la identidad del territorio.
Aquí no solo se aprende dentro de la sala de clases. El entorno natural se convierte en aula abierta. Los glaciares, la fauna, la pampa y las montañas forman parte de la experiencia pedagógica.
Las salidas educativas son parte del calendario; los talleres bilingües aparecen como una herramienta para ampliar horizontes; y la vida comunitaria se transforma en un sello tan importante como los contenidos académicos. En una matrícula pequeña, todos se conocen. Los vínculos se vuelven más estrechos.
Profesores, asistentes, familias y estudiantes forman una comunidad donde la cercanía no es un discurso, sino una rutina diaria y en medio de esa rutina, las historias personales le dan sentido al lugar. A 20 kilómetros Diana Kroeger Orellana tiene 7 años y cursa 2° básico. Su historia comienza lejos de la escuela, en la estancia El Kark, ubicada a unos 20 kilómetros de Cerro Castillo.
Allí vive con su familia, rodeada de campo, animales y amplios espacios abiertos. Cada mañana, antes de llegar a clases, ya ha recorrido un tramo importante de la pampa. Su padre la lleva hasta el establecimiento, atravesando caminos donde el paisaje cambia entre cercos y viento abierto.
Para ella, sin embargo, esa rutina no parece pesarle. Habla con naturalidad de su trayecto, de su casa y de la vida en el campo como si fueran parte inseparable de su infancia. Antes estudió en Puerto Natales, pero el cambio de vida la trajo hasta Cerro Castillo.
El traslado no solo significó cambiar de colegio. Significó volver al campo y acercarse a una vida que, para ella, parece hecha a su medida. “Así puedo vivir en mi casa, y ahí puedo montar caballos”, cuenta con la espontaneidad de una niña que encuentra en ese detalle una razón suficiente.
Su mundo está marcado por los animales, los juegos al aire libre y la libertad del espacio. Le gustan los gatos y pasa el tiempo entre columpios, trampolines y caballos. Pero cuando llega al colegio, el foco cambia.
Ahí están sus compañeros, su amiga Isidora, su hermano y los recreos. Ahí la infancia se mezcla con la rutina escolar. Se levanta a las 6 de la mañana La historia de Daniela Colan Erices es distinta.
Tiene 11 años, cursa 6° básico y vive en Puerto Natales. Para ella, el día comienza mucho antes. “El bus de escuela me pasa a buscar a mi casa y me tengo que levantar a las seis”, relata.
La distancia forma parte de su rutina diaria. No es una excepción ni una aventura ocasional: es la forma en que accede a clases. Su historia escolar también ha tenido más cambios.
Antes pasó por otros establecimientos, tanto urbanos como rurales. Esa experiencia la hace valorar aún más el espacio que encontró en la Escuela Ramón Serrano Montaner. Llegó en 2024 y encontró algo que, en sus palabras, marca la diferencia: sus compañeros.
También las oportunidades distintas que ofrece el establecimiento. Daniela menciona el noticiero bilingüe como una de esas experiencias que no había tenido antes. Una actividad que combina comunicación, aprendizaje y participación.
Su rutina diaria en el colegio sigue una estructura ordenada: clases, desayuno, más clases, almuerzo y actividades. Pero detrás de esa normalidad hay una historia de esfuerzo silencioso, de madrugadas y kilómetros recorridos para sentarse frente a un cuaderno. Ligada a Cerro Castillo Más cerca del colegio vive Josefa Vidal Mayorga.
También tiene 11 años y cursa 6° básico. A diferencia de Diana y Daniela, su historia está profundamente arraigada en Cerro Castillo. Ha vivido toda su vida en la comuna y ha estudiado en la escuela desde el jardín infantil.
Su crecimiento ha ido de la mano con el establecimiento. Conoce sus patios, sus salas, sus actividades, sus profesores y sus cambios. Su vínculo con la escuela tiene algo de pertenencia y de memoria.
Cuando habla del colegio, lo hace desde el afecto. Lo describe como un segundo hogar y en una escuela pequeña, esa sensación se vuelve tangible. Josefa puede llegar caminando o en bicicleta.
Su trayecto no está marcado por largas distancias, pero sí por una relación cotidiana con la villa, con sus calles y con la tranquilidad del entorno. En su relato aparece con fuerza el orgullo por el lugar donde vive. Habla de Cerro Castillo como una comuna cuidada, bonita, cercana a la naturaleza.
Participa en el noticiero bilingüe del establecimiento y en el consejo consultivo, espacios que le permiten desarrollar habilidades, expresarse y representar a sus compañeros. Además, como muchos niños de zonas rurales, su vida también está ligada a las tradiciones locales. Este año fue reina del rodeo de Torres del Paine.
Una experiencia que asumió con entusiasmo y que refleja cómo la vida comunitaria y cultural forma parte de la infancia en la comuna. También participa, de otras actividades tradicionales como la Fiesta a la Chilena, uno de los eventos más conocidos del sector. A eso se suman las salidas educativas organizadas por la escuela.
Para Josefa, recorrer glaciares o visitar Torres del Paine forma parte de su experiencia escolar, una mezcla de aprendizaje y territorio difícil de replicar en otros contextos. Las tres historias son distintas. Una niña que llega desde una estancia en medio de la pampa, rodeada de caballos y caminos de tierra.
Otra que se levanta antes del amanecer en Puerto Natales para viajar una hora hasta su escuela. Y otra que creció en Cerro Castillo, entre rodeos, bicicletas y actividades comunitarias. Tres formas distintas de habitar la Patagonia.
Pero todas se encuentran cada mañana en la Escuela Ramón Serrano Montaner. Allí donde la matrícula es pequeña, pero las historias son grandes. Allí donde el viento, la escarcha, la naturaleza y la distancia no son obstáculos, sino parte del paisaje cotidiano.
En Cerro Castillo, la educación no solo se enseña. También se vive.