Las buenas reformas no consisten en partir siempre desde cero. Consisten en aprender de la experiencia, reconocer lo que funciona y mejorar aquello que debe corregirse. Cuando una política pública ignora esa evidencia, corre el riesgo de debilitar justamente aquello que busca fortalecer.
Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre un sistema u otro, sino construir una institucionalidad más flexible. Un modelo que permita que establecimientos con proyectos educativos consolidados y resultados comprobados puedan mantener su administración municipal, mientras otros establecimientos se integran plenamente al sistema de los SLEP. Una tercera vía, de la cual poco se habla y que puede ser una solución en un proceso que está en marcha.
Porque acá el único objetivo, que debería regir para todos, es el fortalecer la educación pública. Para eso el primer paso debiera ser proteger aquello que ya está funcionando. En educación, como en la arquitectura, lo responsable no es demoler lo que está bien hecho.
Es hacerlo aún mejor.