Por fortuna, en los últimos años ha asomado una nueva opción promisoria, adicional al hidrógeno/amoniaco verde: los centros de datos. Podría a continuación regar la columna con una lluvia de cifras sobre la astronómica demanda futura, en especial debido a la explosión en inteligencia artificial. En lugar de eso, lo dejo con una conclusión sencilla: para efectos de oferta local es infinito.

No importa cuánto podamos ofrecer, todo será vendido si los precios son lo suficientemente atractivos (a diferencia, por ejemplo, del vino o las cerezas). Las condiciones energéticas son sólidas, la conexión por fibra óptica excelente (aún mejor cuando el cable Humboldt nos conecte sin escalas con Oceanía) y la estabilidad sobresaliente en el contexto de mercados emergentes. Por eso ya hay una industria algo más que incipiente.

¿Podemos hacer más? Sí. Hago eco aquí una idea planteada por Ignacio Briones.

Dado que hoy uno de los mayores disuasivos de la inversión extranjera es la hipetrofia permisológica y la consiguiente incertidumbre sobre viabilidad y plazos, una manera de acelerar nuestra participación en el negocio es ofrecer áreas “llave en mano”, con permisos previamente aprobados. Un incentivo así potenciaría el aprovechamiento de energía limpia de esta copia feliz del Edén para atraer uno de los engranajes clave de la economía del futuro. Cuando se propone perseguir sin complejos nuestras ventajas comparativas, por lo general asociadas a nuestros recursos o condiciones naturales, se estigmatiza la estrategia como rústica y poco sofisticada.

Pues bien, esta tiene poco de rústica y es posible precisamente porque nuestras condiciones naturales son idóneas para el principal insumo de este tipo de negocios: la energía.