La reciente actualización del Índice de Calidad de Vida Urbana (ICVU) 2025 nos ofrece una radiografía necesaria sobre cómo han evolucionado nuestras ciudades en la última década (2015-2025), evaluando 36 variables en dimensiones críticas como vivienda, salud, y condiciones laborales. Al observar la región de O’Higgins, la realidad que emerge es la de una evolución profundamente desigual, un reflejo de las brechas que persisten no solo a nivel local, sino en todo el territorio nacional. El caso de Rengo se alza como una anomalía positiva y un ejemplo de progreso sostenido.
Es notable que, en un país donde la mayoría de las ciudades intermedias luchan por no retroceder, Rengo haya logrado saltar de un nivel «bajo» en 2015 a uno «medio alto» en 2025. Este avance, sustentado en mejoras en conectividad, vivienda y ambiente de negocios, sitúa a la comuna como una de las únicas dos ciudades intermedias en todo Chile (junto a Coyhaique) que lograron mejorar su nivel en esta década. Sin embargo, este «renacimiento» contrasta amargamente con la realidad de otras zonas de la región.
Mientras Machalí logra mantenerse en un nivel «alto» y Rancagua en uno «medio alto» —estabilidad que comparten con el 60,7% de las áreas metropolitanas del país—, comunas como San Fernando y San Vicente muestran las cicatrices del estancamiento y el retroceso. San Fernando permanece anclado en un nivel «bajo», afectado por un deterioro en conectividad y condiciones socioculturales, mientras que San Vicente descendió de nivel, evidenciando las crecientes dificultades para acceder a servicios y oportunidades. A nivel nacional, la realidad de O’Higgins no es aislada.
El ICVU revela que un 39,4% de las comunas evaluadas en Chile se encuentran en un nivel «bajo» de calidad de vida. La región de O’Higgins es un microcosmos de esta fractura nacional: por un lado, centros urbanos que logran consolidarse, y por otro, ciudades que ven cómo sus condiciones socioculturales y su ambiente de negocios se marchitan. De hecho, el estudio advierte que la conectividad y el ambiente de negocios son dimensiones que han disminuido incluso en comunas estables como Rancagua y Machalí.
Esta columna no es solo un llamado a celebrar los logros de Rengo, sino una invitación a la acción urgente para el resto de la región. La planificación urbana no puede ser un ejercicio pasivo; requiere reforzar el transporte público, revitalizar los barrios comerciales y reactivar el tejido social mediante una mayor participación ciudadana. La brecha entre una comuna de nivel alto y una de nivel bajo en O’Higgins es el recordatorio de que la calidad de vida no debe depender del código postal, sino de políticas públicas que miren el territorio con una visión integral y de largo plazo.