Entre marzo y junio de 1999, la OTAN bombardeó lo que quedaba de la antigua Yugoslavia (Serbia y Montenegro) para evitar que esta siguiera maltratando a la población albanesa en Kosovo. Fue un éxito total gracias a la enorme superioridad aérea de la OTAN, que, actuando bajo el liderazgo de EEUU, casi no tuvo bajas y se anotó un triunfo impecable: la ofensiva condujo a la caída de Slobodan Milosevic, la aniquilación definitiva del poder serbio y la independencia de Kosovo. Permitió el fin de los conflictos que marcaron a los Balcanes en la década de 1990.
En varias dimensiones, la actual guerra en el Golfo Pérsico parece similar a la de 1999, en especial en que los aliados que bombardean Irán lo hacen sin desplegar tropas en terreno, beneficiándose de una indiscutible superioridad aérea y tecnológica. Sin embargo, transcurridos 40 días de hostilidades, EEUU e Israel están lejos de cantar victoria. Han descabezado al liderazgo enemigo e infligido contundentes daños a su infraestructura militar e industrial (a la hora de entregar esta columna, era inminente el fin del plazo planteado por el Presidente Trump para que Teherán acepte un cese el fuego), pero los aliados no han conseguido obtener un triunfo similar al de la OTAN en Yugoslavia.
“La geografía le ha regalado a Irán el control de la puerta de entrada y salida al Golfo Pérsico y sus riquezas. En su caso se aplican los tres factores cruciales del negocio de los bienes raíces: ¡ubicación, ubicación… y ubicación! ”.
Una de las razones que puede explicar la disparidad de resultados es la geografía. A diferencia de Yugoslavia, que se sitúa en una zona sin mayor impacto para la economía global, Irán se asienta una región clave para la industria energética mundial. No solo eso: la geografía le ha regalado a la República Islámica el control del Estrecho de Ormuz, la puerta de entrada y salida al Golfo Pérsico y sus riquezas.
En su caso se aplican los tres factores cruciales del negocio de los bienes raíces: ¡ubicación, ubicación… y ubicación! Aunque el desarrollo (en especial los avances en balística, drones y aviónica) ha restado importancia a las consideraciones geográficas, reduciendo la trascendencia de obstáculos como la distancia, el clima o el relieve, estas todavía juegan un rol relativizador para igualar a rivales tecnológicamente muy disparejos, como ocurre en el conflicto entre Irán e Israel y EEUU. Ya en 1889 el norteamericano Alfred Thayer Mahan escribía que “el uso y control del mar es y ha sido un gran factor en la historia”.
Ahora, en 2026, una superpotencia marítima como Estados Unidos está siendo chantajeada por un actor naval menor gracias a que este maneja el corredor por donde circula un quinto del suministro global de petróleo y gas. El pasillo de 50 km de ancho es una fuente de poder para Irán. Sin el bloqueo de Ormuz, el régimen islámico probablemente ya habría sido derrotado.
Los iraníes han sido reticentes a usar la navegación por Ormuz como carta militar. El tránsito de carga no fue suspendido en 2025, cuando Irán enfrentó a israelíes y norteamericanos en la Guerra de los Doce Días. En esa ocasión, Teherán se apresuró a negociar un cese el fuego para concluir las hostilidades.
Hoy el liderazgo iraní opta por utilizar el control del estrecho como herramienta para alargar la guerra y causar daño a sus enemigos. Ha enervado a EEUU y su Presidente, que ven cómo la superioridad militar y tecnológica pierde relevancia ante el ineludible imperativo geográfico.