En función de ello, señala que “esta no es una problemática exclusivamente policial ni de la justicia, sino que las tasas de homicidios lo que reflejan es un problema cultural y estructural de un país, y eso es lo que uno puede comparar con otros países. De ese modo, uno podría decir: no comparemos por tasa, sino por cómo evolucionó este delito en Ecuador, por ejemplo, por buscar un país de algún modo equivalente”. Efecto imitativo El otro fenómeno al cual hay que poner atención, dice Zeballos, es el efecto imitativo que se generó después de lo ocurrido en Calama, pues señala que estas “narrativas de poder” –como las define– pueden llevar a que algunos jóvenes consideren que un homicida “pasa a ser alguien importante”.

Sin embargo, plantea que para que dicha narrativa se corporice no basta solo el efecto de imitación, sino que es frecuente que los ataques masivos en escuelas o universidades se den “en espacios estudiantiles donde existe una microcomunidad en la cual los atacantes perciben que se les agrede, sea ello real o no, y ello los lleva a reaccionar contra esa situación de esa forma violeta y ahí pondría la atención, porque ya tenemos varios casos, algunos frustrados. Y la prensa también tiene un efecto amplificador, pues si un niño está pensando en hacer algo semejante, probablemente tome la decisión de concretarlo al ver que alguien más ya lo hizo en Calama”. ¿Prevención?

Zeballos es enfático: “No hay una receta mágica que permita evitar todos los homicidios”. Y apunta a un elemento clave: “Nosotros estudiamos mucho el delito de homicidio, pero sabemos muy poco de los homicidas”, agregando que en los últimos cuatro o cinco años, producto de la irrupción del crimen organizado transnacional, tanto la Fiscalía como la PDI y Carabineros han estudiado con mucha detención los sitios de suceso de los crímenes, perfeccionando las técnicas de levantamiento y preservación de evidencias, tanto biológicas como de otro tipo y, asimismo, desarrollando técnicas para extraer evidencia desde teléfonos, computadores, cámaras de la vía pública, información bancaria, etc. , pero falta –a juicio del experto– más trabajo de criminología, a fin de entender la mente de los homicidas y ver de qué modo algunos de esos asesinatos podrían evitarse.

“Las más estrictas escuelas de investigación policial lo indican: no solo hay que investigar el hecho, sino también al homicida”, comenta, aludiendo al hecho de que los procesos penales en Chile son por lo general indiferentes a la motivación de los criminales, dado que a los persecutores lo que les interesa por lo general es una condena y a los defensores una absolución, sin que muchos se preocupen de entender por qué suceden los delitos de alta connotación. Al respecto, Zeballos complementa con que “es súper importante hacerlo. Es un desafío policial, porque, aunque parezca exagerado lo que voy a decir, en sociedades donde se ha normalizado la violencia la posibilidad del surgimiento de criminales en serie, como homicidas y/o violadores seriales, es muy alta, y nosotros ya hemos tenido varios casos, y lo ejemplifico con el más reciente de los que me acuerdo, el del colombiano (Diego Ruiz Restrepo) que asesinó a al menos siete indigentes en el eje central de la Alameda, entre Santiago y Estación Central, pero su motivación aún no está clara”.

Y agrega: “Por eso es importante entender qué estamos viendo, para poder focalizar la intervención y la mejor forma de entender lo que sucede es no solo abocarnos al sitio del suceso, sino también entender qué generó el efecto que terminó con el homicidio de una persona”.