Recuerdo una charla con Eduardo Frei Montalva a poco de terminar su periodo presidencial, en la que él estaba muy amargado y le dio por relatarme por qué su gobierno había sido un fracaso, a pesar de que nunca antes un partido había llegado al poder con un margen tan amplio que pudo ocupar con camaradas todos los cargos de gobierno con holgura. La conclusión era obvia: el presidente Frei, embriagado de triunfo, podría gobernar sin tropiezo alguno. Sin embargo, todo salió al revés porque él se llevó al gobierno a todos sus partidarios más fieles, con el resultado de que un día, casi sin siquiera darse cuenta, había perdido el control del partido y este estaba en manos de Renán Fuentealba.

Lee también... Un nuevo relato para superar la emergencia Martes 12 Mayo, 2026 | 10:53 “De ahí en adelante mi gobierno fue un martirio. No pude hacer nada de lo que habíamos pensado y, al final todo terminó en tragedia, puesto que tuve que aceptar que la candidatura con que se suponía ganaríamos el siguiente periodo terminó en manos de Salvador Allende y nuestro candidato, Radomiro Tomic, ni siquiera peleó la primera mayoría”.

El amargo relato del presidente Frei debería ser una lección permanente sobre lo que podríamos llamar la traición de los partidos políticos hacia sus propios gobiernos, cuando sus mayorías son relativas en lo que a sus caudillos respecta. Es de esperar que el presidente Kast no caiga en esa trampa del dominio partidista, porque por allí fácilmente se llega a la derrota y a la frustración. En verdad no creo que eso ocurra, porque la personalidad del actual presidente es muy distinta que la de Eduardo Frei y porque nada hace presumir un debilitamiento del actual presidente enfrentado a una rebelión partidista.

Tal vez el único peligro real que acose al voluntarismo presidencial es el de olvidarse de ciertas funciones que es necesario cumplir. Entre sus principales deberes, el presidente es el símbolo de la nación durante todo el periodo de su mandato y a veces debe realizar actos que no parecen propios de un buen gobierno, pero -en lo que voy a proponer- creo que se trata de un acto en representación de Chile que se ha vuelto imperativo. Creo que el presidente debería efectuar un viaje relámpago a Italia para estrechar lazos con la primera ministra, debido a la política migratoria que ha sabido imponer en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Y la otra razón del viaje relámpago es la visita al Sumo Pontífice León XIV, que ha sido criticado por el presidente Trump por su política pacifista a ultranza. Ese saludo al Sumo Pontífice tendría un valor múltiple, porque marcaría el pacifismo chileno frente al belicismo del presidente Trump, cuya política, en ese sentido, tiene que ser repudiada por Chile. Esto demuestra la importancia que tendría una escapada así, de unas pocas horas, necesaria y significativa.

Lee también... Exceso de trabajo, fracaso de los presidentes Viernes 24 Abril, 2026 | 15:25 Todos recordamos que cuando asumió el mando, José Antonio Kast invocó la ayuda de Dios y no solo para hacer un buen gobierno, sino para acudir al supremo arbitro de la ayuda divina necesaria. La visita a León XIV apunta en esa dirección.

Sin embargo, nunca hay que olvidar que el Estado chileno es rigurosamente ajeno a la religión, lo que no le quita significado a las profesiones de fe de nuestro presidente. En estas circunstancias es necesario recordar que Estados Unidos, el país más ajeno a la ayuda divina, no repara en colocar en sus billetes “In God we trust”. Si Estados Unidos invoca a Dios constantemente, un país como Chile no debería tener vergüenza en acudir a hincarse a los pies del Santo Padre para pedirle paz y prosperidad para nuestro pueblo.