En un salón colmado de historia y expectación, el Club de la Unión se transformó el martes pasado en el epicentro de la cultura regional. Con la magistral conferencia del reconocido poeta y escritor magallánico Pavel Oyarzún, se dio inicio oficialmente a la tercera versión de la Semana de la Francofonía 2026, un evento organizado por la Asociación Cultural Franco-Magallánica que busca resaltar el profundo legado francés en la zona austral. Bajo el título “Julio Verne: El viajero inmóvil”, Oyarzún cautivó a la audiencia desentrañando la figura de Jules Verne, no solo como un autor de aventuras, sino como el espíritu mismo de una época.
La Semana de la Francofonía, que se extendió hasta el 30 de abril, comenzó así con una reflexión profunda sobre cómo un autor nacido hace casi dos siglos sigue siendo una “antena” vital para entender el presente. La vigencia en el “último confín de la Tierra” Oyarzún inició su intervención agradeciendo a los organizadores, mencionando especialmente a Claire Bourguignon, y confesó sentirse afortunado de reunirse para hablar de libros, una tarea que para él es “un placer y una fiesta”. Para ilustrar la asombrosa vigencia de Verne, el escritor compartió una anécdota reciente de sus clases de pedagogía en castellano: una alumna le relató cómo en el Liceo Luterano de Punta Arenas, estudiantes de apenas 16 años llevaron a las tablas una adaptación de Viaje al centro de la Tierra.
“Si después de más de 100 años de fallecido, chicos de secundaria lo llevan a un espectáculo teatral en este último confín de la Tierra, podemos hablar de una vigencia enorme”, señaló el autor. Oyarzún aclaró el concepto de “viajero inmóvil”, explicando que, aunque Verne navegó en tres embarcaciones y llegó a lugares como Escocia y España, jamás se desplazó tanto como sus personajes, una característica propia de la gran literatura de viajes. Francia y sus “escudos” literarios En un pasaje cargado de lirismo, Oyarzún explicó su devoción personal por la cultura francesa, que comenzó en su juventud a través de poetas como Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire.
Citando al inefable Jorge Luis Borges, destacó que, a diferencia de Inglaterra con Shakespeare o España con Cervantes, Francia posee múltiples “escudos” literarios: Flaubert, Balzac, Stendhal, Víctor Hugo, Alejandro Dumas y, por supuesto, Julio Verne. El conferencista situó a Verne como el intérprete absoluto del siglo XIX, un periodo que describió como “extraordinario, violento y revolucionario”. Verne nació en Nantes en 1828, un puerto fluvial donde contempló desde niño el movimiento de naves que salían a explorar el mundo, y falleció en Amiens en 1905, cubriendo espiritualmente todo el siglo clave para la novela universal.
La paradoja de la fama y el rigor del “trabajador del mar” Uno de los puntos más destacados de la charla fue la denuncia de la subvaloración que sufrió Verne por parte de la crítica de su tiempo. A pesar de vender millones de libros y ser traducido a más de 50 lenguas, nunca fue admitido en la Academia Francesa, una herida que marcó su corazón de escritor. Se le encasilló injustamente como un autor meramente juvenil o de entretenimiento, ignorando la profundidad de su obra.
Oyarzún derribó el mito de Verne como un soñador perdido en la fantasía: “No fue un escritor que esté subido a la nube de la fantasía… Fue un cerebro preocupado de la realidad”. Reveló que Verne trabajaba de doce a catorce horas diarias, documentando cada detalle botánico, geográfico o astronómico hasta el cansancio. Su genio no radicaba en inventar de la nada, sino en ser una antena prodigiosa de los avances de su tiempo, desde la electricidad hasta la química, convirtiendo la realidad en literatura.
Visionario y humanista Más allá de sus “viajes extraordinarios”, Oyarzún destacó que Verne fue un visionario que advirtió sobre los peligros de una vida hiper-tecnologizada y la deshumanización. Su primera novela, París en el siglo XX, fue rechazada por su editor Pierre-Jules Hetzel por ser demasiado sombría y pesimista, descubriéndose finalmente en 1994 como un testimonio de su capacidad de anticipación. Hacia el final de la jornada, el expositor reflexionó sobre el éxito definitivo de un novelista: que sus personajes sobrevivan al autor.
“¿Quién está más vivo, el capitán Nemo o Jules Verne? ”, preguntó a la audiencia, concluyendo que Verne logró lo que solo los grandes alcanzan: que sus criaturas sean más reales que ellos mismos. La inauguración cerró con la lectura de un breve fragmento de Una temporada en el infierno de Rimbaud, en un gesto simbólico de “ardiente paciencia” que invitó a los asistentes a entrar en las “espléndidas ciudades” de la literatura francesa.