Ahí se instala la noción de falsa conciencia: no como simple ignorancia, sino como una forma estructurada de percibir la realidad que conduce a actuar en contra de los propios intereses de clase. No es que los individuos fallen al razonar; es que razonan dentro de un marco ya configurado. Pero el problema comienza cuando esta idea se convierte en una explicación total: si los sujetos no actúan como deberían, es porque no entienden.

Para salir de esta lectura, conviene volver a Hegel. En su perspectiva, la conciencia y su mundo no son dos esferas separadas: la conciencia no se enfrenta a una realidad externa pura, sino que se reconoce en ella. Ver el mundo es, en cierto sentido, verse a sí mismo.

Pero esto no es un ejercicio introspectivo; se realiza en la práctica cotidiana. Actuamos dentro de tramas de sentido que no elegimos libremente, sino que ya nos constituyen. Para Hegel no se trata de lo falso, sino de la parcialidad, y con ello, supone el dinamismo mismo de la vida en su desplegar.

En ese marco, el problema no es que las personas vivan una experiencia “falsa”, sino que esa experiencia no es comprendida en el movimiento de sus propias mediaciones. Las formas de vida contemporáneas -marcadas por el consumo, la individualización, la desconfianza y la fragmentación- no son simples distorsiones, sino condiciones efectivas de existencia y prácticas cotidianas. Allí se configuran también los criterios desde los cuales los individuos evalúan lo que les conviene o no.

Bajo esta luz, el estallido social del 18 de octubre de 2019 no puede leerse simplemente como una irrupción de “verdadera conciencia” frente a una anterior falsa conciencia. Su detonante -el alza del pasaje- expresa una racionalidad situada: la del sujeto atravesado por condiciones materiales concretas de carácter de consumo. La expansión posterior del movimiento no eliminó esa base, sino que la amplificó.

La idea de falsa conciencia, en este sentido, descansa sobre un supuesto dogmático: la existencia de un punto de vista privilegiado desde el cual distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre los intereses reales y los aparentes. En cambio, pensar en términos de parcialidad desplaza el problema. No se trata de corregir una conciencia equivocada, sino de reconocer que toda experiencia es situada y fragmentaria, pero no por eso arbitraria.

La parcialidad no niega la posibilidad de articulación; al contrario, la hace posible. Permite comprender cómo problemas que aparecen como dispersos o inconexos pueden entrar en relación sin necesidad de reducirse a una unidad ficticia. Lo común, entonces, no surge de una verdad previa que se revela, sino de la capacidad de vincular experiencias distintas bajo condiciones compartidas.