Lo espiritual para mí es la aspiración a la transcendencia, el sentido y las prácticas de la transcendencia. ¿Pero qué es la transcendencia? Porque no se trata de reemplazar una palabra por otra.

Es el impulso por ir más allá. No ir “al más allá”,sino ir más allá de lo que somos, de la realidad actual; transcender es pasar a través, transportarse, transformarse, regenerarse, nutrirse, crecer, dirigirse a lo superior, a la mejor versión de nosotros, a la mejor versión del mundo mismo. La espiritualidad es el conjunto de nuestra vida subjetiva (pensamiento, emociones, sentimiento, memoria, intuición, imaginación creadora, conocimientos, arte) toda vez que se tiende a aumentar su profundidad, su altura de miras, su cercanía con el todo viviente.

Cada vez que con impulso de transcendencia se tiende a vibrar con mayor intensidad, en las frecuencias en que la armonía del mundo, la belleza del cosmos, la fuerza del amor, la complejidad y la delicadeza de la vida, lo amable, lo admirable y lo venerable se muestran, entonces acaece la espiritualidad. Una acción que vaya en este sentido puede ser un llamado a aquello “que salva”, una invocación (es lo que sabe hacer el arte y la poesía), una convocación del destino superior del ser humano en medio de la vida en la Tierra. El lector, si ha llegado hasta aquí, se dirá tal vez, “vaya, estamos lejos de un artículo político sobre las guerras actuales y la crisis global”.

Y tendrá razón. Así, uno de los temas que nos corresponde desarrollar, explorar y profundizar es la relación entre una espiritualidad entendida de esa manera y la política. Es decir pensar espiritualmente la sociedad y la política; lo cual es una tarea nueva.

La profundidad de la crisis actual es inmensa; los grandes valores de la civilización judeocristiana y greco-romana, del humanismo y de la modernidad parecen olvidados u obsoletos, en pro del beneficio de la fuerza bruta y el crimen impune. Eso no parece poder revertirse simplemente con cambios de regímenes, esperar el próximo ciclo electoral, confiar en el péndulo del destino; solo las veletas pueden contar con ello. Incluso cuando las urnas den otros veredictos, lo que ocurrirá, y que los regímenes cambien, el desgaste moral y espiritual de la humanidad y el daño ecológico del planeta podrían estar ya demasiado avanzados.

Que se me perdone el terminar con algo que suscita más interrogaciones que respuestas, y tal vez desconcierto, pero es allí donde hay que ponerse en marcha y continuar esta reflexión, a lo cual me comprometo. Los filósofos, artistas, científicos y pensadores tenemos una gran responsabilidad: eludirla es una comodidad que condena el pensamiento a ser puramente decorativo. El desafío es nada menos que reconstruir un ideal ético verdadero, un humanismo del futuro, un paradigma nuevo de la política como el arte de vivir en común, compartiendo el mundo de la mejor manera, es nuestra tarea (tal vez la última),dejando florecer el planeta y el mundo humano como el más bello jardín, del cual somos todos los jardineros.