El Gobierno presenta su proyecto de reconstrucción y reactivación. Habla un lenguaje aparentemente correcto: fomentar la inversión y dar señales de confianza. La liturgia está en forma.

Y, sin embargo, falta algo decisivo. Como que al llamado le falta poder transformador; a la palabra, fuerza creadora. Se administra la superficie mientras la decadencia de fondo permanece intacta.

Se insiste en el error de creer que la vida nacional son hojas de cálculo más que un cuerpo con nervios, vida y tierra. La propuesta no desciende. No toca aquello que explica el estancamiento persistente y el socavamiento de la legitimidad.

Ajusta incentivos donde lo existente ya se agotó. Busca reparar el aparato. Pero hoy son ya partes fundamentales de la máquina las que requieren reemplazo.

Primera gran omisión: productividad. Ella se viene estancando desde finales de los ’90, independientemente del signo político. Aquí rige todavía la sentencia de Encina: consumimos como país rico, producimos como país pobre.

No habrá incentivos que sanen al moribundo. Se requiere una reforma que lo sane desde las raíces. Urge una nueva educación, una que deje de enseñar a contemplar y gestionar y se oriente decisivamente a la modificación de la realidad.

Se necesita inculcar en los niños y jóvenes el gusto y las destrezas para transformar la existencia, antes que para especularla mediocremente. Más que lugares de reparto de títulos requerimos talleres de expansión de fuerzas transmutadoras, mecánicas, químicas, biológicas. Junto a esa educación nueva, no se sale del atolladero sin una política de impulso decidido a sectores estratégicos de la vida nacional.

Asunto paradigmático aquí es el de las tecnologías del agua —depuración, canalización, almacenamiento, reutilización— en un país que se seca. También es requerida una incorporación masiva de tierras a la producción, apoyada en esas tecnologías, en el norte, así como la revisión de un entramado de parques nacionales que hoy, bajo la máscara de protección, bloquea la integración de la zona austral. La nueva producción comienza por ocupar activamente el territorio, no administrarlo a distancia.

La segunda gran omisión del mensaje del gobierno es precisamente el espacio. Chile vive comprimido. El pueblo se hacina indignamente en Santiago, mientras las regiones se vacían de destino.

Devienen especies de pampas culturales y sociales. El norte se vuelve desierto funcional; el sur austral, persiste zona desconectada, cuando no una “reserva” vedada a la ocupación chilena. ¿Cuántas ciudades florecientes podría abrigar Aysén?

Esta geografía fracturada no es un accidente: es una decisión no tomada, una negligencia política. Es menester generar una nueva institucionalidad territorial y reagrupar el país en pocas mega-regiones, dotadas de lo necesario para contar efectivamente en la vida del país: politécnicos y universidades de excelencia, comparables a los mejores de Santiago; seguridad eficaz, salud de nivel nacional, incentivos tributarios para zonas postergadas que no sean limosna, sino apuesta estructural de largo plazo. La plenitud humana y la estabilidad política exigen una relación armoniosa y proporcionada con la tierra.

Y eso importa: esparcir al pueblo por el paisaje. El proyecto actual omite estos inmensos asuntos, probablemente porque no están en los manuales de la economía neoclásica ni en los instructivos de gestión, pero son decisivos. Sin una economía efectivamente transformadora y sin un nuevo orden territorial, los ajustes tributarios o listados de medidas puntuales anunciadas son superficiales.

Las crisis largas no se vencen con medidas. Exigen visión nacional y voluntad reformadora. O se alteran las bases de lo que somos —educación, producción, territorio— o seguiremos hundiéndonos en el marasmo, en esta Crisis del Bicentenario que no parece remitir (sobre la crisis y la incapacidad de la derecha de comprenderla recomiendo leer este texto).

En política, como en la vida, lo decisivo ocurre en lo hondo.