Señor director: Hemos diseñado un mercado donde contratar ya no es visto como una oportunidad sino como un mal necesario, lamentablemente. El desempleo promedio subió de 7,1% (2016–2020) a 8,6% (2023–2026): +1,5 puntos, un aumento de 21%. Un cambio estructural.

La presión laboral —personas que quieren trabajar o trabajar más horas— pasó de 13,4% a 15,2%: +1,7 puntos (+13%). Encontrar empleo toma en promedio 7 meses, y más de 1 de cada 4 ocupados es informal. El sistema simplemente no está absorbiendo bien la demanda.

¿Qué cambió? El costo y el riesgo de contratar. La reducción de jornada a 40 horas, el aumento de cotizaciones hacia 18,5% y nuevas regulaciones, como la Ley Karin entre otras, han elevado el costo efectivo de la mano de obra.

En paralelo, la desvinculación es incierta, costosa y, para muchas pymes, jurídicamente riesgosa. La sobrerregulación terminó empujando a que contratar dejara de ser una oportunidad y pasara a ser un mal necesario. Todo esto se implementó para mejorar la calidad del empleo, con buenas intenciones, como bien aprendimos en Chile, regulaciones que terminan generando el efecto contrario.

A esto se suma un shock adicional: la inteligencia artificial. Mientras el costo del trabajo sube, el costo de automatizar baja. Ese cruce no es neutro: incentiva la sustitución.

¿La salida? Reducir rigideces y riesgos. Bajar la incertidumbre de contratación y facilitar la movilidad laboral.

Puede percibirse como una pérdida de beneficios a nivel individual, pero a nivel agregado permite un mercado laboral más dinámico al reducir rigideces.