La generación de conocimiento es otro desafío que debemos abordar. Nuestra investigación pura, aplicada y la creación artística son aportes insustituibles. Chile necesita más descentralización efectiva, y ello requiere instituciones sólidas fuera de la capital.
Asimismo, es necesario hacer más efectivo nuestro vínculo con el entorno. Las universidades regionales conocemos de cerca las desigualdades, las brechas y las potencialidades de sus comunidades. Al mismo tiempo, las universidades debemos fortalecer nuestra gestión con realismo y responsabilidad.
Los tiempos actuales exigen austeridad inteligente, colaboración interinstitucional y foco en aquello que genera mayor impacto formativo y social. No se trata de renunciar a la excelencia, sino de comprender que esta también se expresa en la capacidad de priorizar, innovar y sostener proyectos con sentido. Nuestro principal desafío es no perder el horizonte.
En tiempos de restricciones, es fácil caer en la lógica de la supervivencia inmediata. Sin embargo, las universidades debemos seguir siendo espacios de pensamiento crítico, encuentro y esperanza. Defender la educación superior no es defender privilegios institucionales; es resguardar una de las herramientas más poderosas que tiene un país para construir mayor equidad, desarrollo y cohesión social.
Las dificultades presupuestarias pasarán. Lo verdaderamente decisivo será cómo actuemos en este momento: si optamos por encerrarnos en la contingencia o reafirmar con convicción el papel transformador que las universidades siguen teniendo para Chile y, especialmente, para sus regiones.