La discusión sobre los celulares en las escuelas no debería centrarse únicamente en prohibir o permitir dispositivos. El verdadero debate es más profundo: qué tipo de vida escolar queremos construir. Si el recreo se transforma en un espacio vacío, la prohibición fracasará.

Pero si logramos recuperar el patio como lugar de encuentro, juego y conversación, habremos dado un paso silencioso pero decisivo para reconstruir la convivencia escolar. Porque quizás el problema nunca fue el celular en sí mismo. El verdadero problema es que, durante demasiado tiempo, olvidamos enseñar a nuestros estudiantes algo esencial: cómo volver a encontrarse cuando la pantalla se apaga.