La distinción entre espacio de experiencia y horizonte de expectativa, que permite comprender la crisis contemporánea del progresismo no es solo electoral ni meramente comunicativa, sino temporal. Cuando la experiencia acumulada de precarización, desigualdad y deterioro del lenguaje público erosiona la expectativa de mejora, el futuro deja de operar como promesa compartida y comienza a vaciarse de credibilidad. Ningún orden político moviliza adhesión durable sin imágenes de futuro plausibles para el presente.

El encuentro en Barcelona debe leerse precisamente como un intento de intervenir en la “credibilidad de la promesa”. Intentando comprender el debate, se observan al menos cinco ejes del encuentro que dejan ver la forma concreta de ese claim de progreso. El primero fue la democracia, no como abstracción ceremonial, sino como respuesta a la degradación de la esfera pública y al avance de la extrema derecha.

El segundo fue la desigualdad y el poder oligárquico. En el centro de la primera jornada situamos a Gabriel Zucman, Isabella Weber, Mariana Mazzucato y Teresa Ribera en discusiones sobre fiscalidad de las grandes fortunas, especulación con bienes esenciales y protección de servicios públicos. El tercero fue la paz y la soberanía, en una coyuntura internacional marcada por guerras y erosión del multilateralismo.

El cuarto fue la migración y la convivencia democrática, frente a la explotación xenófoba del malestar. Y el quinto fue la dimensión tecnopolítica: plataformas, polarización, deepfakes, inteligencia artificial y control democrático de las infraestructuras digitales, con ponentes como la exministra comunista chilena, Camila Vallejo, o las economistas Cecilia Rikap y Francesca Bria. Una parte del progresismo ahí presente parece haber comprendido, quizá con retraso, que hoy la disputa por el futuro pasa también por algoritmos, economías del odio y nuevas formas de captura de la atención.

La GPM en Barcelona dejó ver además una escena transnacional menos jerárquica de lo habitual, no afirmaría una horizontalidad plena; sería algo ingenuo. Pero sí hubo una tentativa de conversación menos vertical entre actores del norte, centro y del sur global. Más de 40 países comparecieron en el encuentro, y esa diversidad no era solamente decorativa.

La presencia de líderes y referentes de España, Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Sudáfrica, México, Suecia, Suiza, Finlandia, Francia, Uruguay, Estados Unidos y otros territorios políticos permitió esbozar una escena donde el futuro no aparecía formulado exclusivamente desde Europa ni como una pedagogía del centro para la periferia. Podría decirse que allí se insinuó una pluralización del progreso que rompe con la narrativa eurocéntrica de pioneros y rezagados, sin por ello disolver los criterios de juicio ni las asimetrías reales. Cuando una época pierde sus seguridades históricas, no basta con gestionar problemas, incluso aquellos provocados por cómo se ha llevado a cabo el progreso en la práctica de las democracias capitalistas; se vuelve necesario reconstruir marcos de interpretación y juicio capaces de volver inteligible el presente, como nos diría la filósofa mexicana María Pía Lara.

Algo de esto ha ocurrido en Barcelona, reunir actores, pero también lenguajes, para reconstruir el propio progresismo. La pregunta decisiva, sin embargo, permanece abierta. Una cosa es que el progresismo quiera reorganizar su relato; otra, que haya reconstruido ya las condiciones materiales y simbólicas para que ese relato resulte verosímil.

La extrema derecha no crece solo por manipulación, sino porque se alimenta de experiencias reales de abandono, desclasamiento, humillación y pérdida de horizonte. El progresismo puede recuperar palabras como redistribución, oligarquía, regulación, feminismo, paz o convivencia. Todo eso importa, pero si no recompone a la vez una experiencia social de credibilidad material, la promesa seguirá suspendida por encima de la vida ordinaria.

En síntesis, el progresismo no necesita sólo defender valores, sino volver a hacer creíble una teoría y una práctica del progreso en sociedades atravesadas por límites ecológicos, fracturas sociales, tecnocracia, guerra y disputa geopolítica. Porque cuando una fuerza política deja de organizar la imaginación del porvenir, el porvenir no queda vacante, sino que cambia de dueño.