Chile atraviesa una transformación demográfica y económica silenciosa. A medida que la población envejece, el segmento de los mayores de 50 años se ha consolidado como un motor económico clave. Sin embargo, este grupo no se comporta según los patrones tradicionales: ha dejado atrás la compra por impulso para convertirse en un consumidor sofisticado, informado y altamente exigente.

Del consumo por impulso al consumo con sentido A diferencia de las generaciones más jóvenes, movidas por la inmediatez y la novedad, el consumidor sobre 50 años en Chile evalúa el costo total de su decisión. Para ellos, el precio es solo una variable; la confiabilidad, el soporte técnico y la experiencia postventa son los factores que realmente cierran el trato. "Es un consumidor más informado y exigente.

No compra por impulso, sino que evalúa el costo total. Y cuando encuentra algo que funciona, es altamente leal", explicó Michelle Schnitzer, CEO de BondUP, plataforma especializada en la integración de este segmento. Este cambio de mentalidad ha modificado las categorías de gasto.

Hoy, el presupuesto de los mayores se articula en tres ejes: Bienestar y salud preventiva Autonomía personal Conexión social y experiencias El mito de la brecha digital Una de las revelaciones más potentes del escenario actual es el alto nivel de conectividad de este grupo. En Chile, el 88% de las personas mayores de 60 años tiene acceso a internet en su hogar y un 83% posee un smartphone. El comportamiento digital es estratégico: el 82% busca información online antes de comprar, pero esto no significa que abandonen la tienda física.

Se ha consolidado un modelo híbrido: investigan y comparan precios en la web, pero prefieren concretar la transacción donde exista un respaldo humano. “No es falta de capacidad digital, es una decisión consciente. Este consumidor no rechaza la tecnología, rechaza la tecnología sin respaldo”, señala Schnitzer.

El desafío para las marcas: un lenguaje obsoleto A pesar de que el universo +50 es diverso y dinámico, existe una brecha crítica en la comunicación corporativa. Muchas empresas aún utilizan códigos de representación vinculados a un adulto mayor pasivo, desconectado y dependiente, ignorando que hoy tienen frente a ellos a personas activas y con un criterio de compra muy afinado.