Lo que sí demostraron —y esto casi no se dice— es otra cosa: que bajar impuestos redistribuye poder económico de inmediato. Aquí entra un factor que la discusión técnica suele ignorar: el comportamiento. La economía conductual muestra que las decisiones no responden solo a incentivos, sino a percepciones y confianza.

Cuando el sistema se percibe como desigual, la disposición a contribuir cae. Menos legitimidad, más evasión, menos Estado para financiar lo que sí empuja el crecimiento. Es decir, la política tributaria no solo mueve recursos.

Moldea el terreno en que la economía funciona. Y, en ese terreno, los economistas no son espectadores. Son quienes definen el lenguaje en que se decide.

Si el problema se reduce a incentivos, la respuesta será bajar tasas. Si se reconoce la estructura de poder, la discusión cambia. Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando.

Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico. Es persistencia ideológica.

Por eso, la pregunta relevante no es si bajar impuestos genera crecimiento. La pregunta es más incómoda: ¿qué pasa con el excedente cuando se bajan los impuestos? Porque hay algo que no admite interpretación.

La inversión es incierta. El excedente, no. Y seguir confundiendo ambos no es un error técnico.

Es una elección.