Este breve ensayo del periodista francés tiene tres momentos. Su juventud donde, desde su cómoda París, la figura del general Augusto Pinochet representaba el mal, la encarnación del diablo. El segundo, a inicios de los 90, cuando pudo entrevistar al exdictador.
Y, finalmente, en el tercero hace una reflexión sobre el momento actual, donde, a nivel internacional, el 11 de septiembre lo hegemoniza el 2001, con la caída de las Torres Gemelas, y Pinochet está cada vez más olvidado. Enfrentar los fantasmas Bruno Patino confiesa que, siendo adolescente, en su dormitorio tenía dos afiches: uno del Che, que representaba la rebeldía y los sueños. Y, el otro, de Pinochet, encarnación del mal.
Mientras el primero ya estaba muerto, el segundo seguía “vivito y coleando”. Años más tarde, Bruno Patino visita Bolivia para comprobar que del Che solo queda un muy incipiente y precario turismo. En ese tiempo daba sus primerísimos pasos… Quedaba pendiente Pinochet.
Entonces, llega a Santiago, “destinado” como periodista. Primero, insistente, y de manera casi azarosa, logra entrevistar a Gustavo Leigh Guzmán (1920-1999), excomandante de la Fuerza Aérea, integrante de la junta Militar y uno de los más comprometidos golpistas. Es un primer shock de realidad, de un derrumbe de mitos.
Pero el objetivo, la obsesión de Bruno Patino era Pinochet. Enfrentar y liberarse de ese fantasma de la adolescencia. Entonces, como tantos otros periodistas, insiste mes a mes pidiendo una entrevista con el exdictador.
Era principios de los 90, y para algunos el panorama era claro: “Augusto Pinochet perdió, pero no fue derrotado. Sus partidarios llegaron a evocar que las fuerzas democráticas habían conseguido una victoria pírrica. Estas ganaron el gobierno, pero no el poder, no el necesario para cambiar las cosas.
” (p. 23) “Los oligarcas forjan vínculos que no se ven afectados por las alternancias políticas ni los cambios de régimen. ” (p.
31) Bruno Patino tiene fortuna, quizás juega en su favor su juventud y el ser francés, como en parte se siente y le gusta presumir a Pinochet. Lee también... La vida que vendrá o la provocación de devolverle el color a los sueños populares Martes 21 Abril, 2026 | 07:58 Los recuerdos de Patino parecen de una película tercermundista, de bajos fondos.
Una oficina oculta, una entrada algo sórdida, un ascensor anodino para llegar a un largo pasillo, con puertas todas iguales, muebles gastados y guardias con uniformes distintivos de la seguridad del Capitán General. Entonces empieza una entrevista donde todas las reglas las pone, en ese momento, Pinochet, incluyendo los tiempos. Él es el león, o el gato.
Y Patino, el ratón. “Y se colocó en el ángulo, a mi lado. Giró la cabeza, me miró y puso su mano izquierda sobre mi hombro con una gran sonrisa.
El gesto me dejó sin aliento. No me atrevía a mirar la mano, pero la presión sutil y casi amistosa que ésta ejercía adquirió en mi mente proporciones maléficas y el efecto que producía era como el de una quemadura. ” (p.
37) Los recuerdos de Bruno Patino son vívidos, ricos en observaciones sutiles. No son imparciales, pero con la virtud de asumir un lugar específico, explícito, desde donde mira. Acaso, ¿se puede ser imparcial frente a un criminal?
Al menos Patino, no. “¿Puede un traidor reírse de su traición? Había algo que no entendía en su satisfacción visible, golosa, casi infantil.
Mi interlocutor parecía impermeable a las nociones éticas, a la “common decency”, la decencia común tan importante para George Orwell. ” (p. 40) Y el texto avanza sobre los discursos, el sentido de las palabras, la memoria o, más bien, sobre la necesidad del exdictador de borrar el pasado para mirar el futuro.
“La dictadura se convierte en libertad, la democracia en servidumbre, el verdugo en libertador y la víctima en opresor. El olvido ocupa entonces el lugar del perdón, y la memoria de la agresión. ” (p.
47) Mirar el futuro Bruno Pinedo, en este breve ensayo, entrega una mirada incisiva donde mezcla historia, memoria, vivencias y presente para hacernos pensar el hoy, y el futuro. Sus reflexiones tienen relación con los símbolos, los prototipos, las caricaturas, la manipulación de la memoria, las palabras y el lenguaje. Sobre las nuevas formas de dominación, de control.
Y la importancia de la memoria, no para quedar atrapados en ella, sino para develar que los “diablos se hacen pasar por sirenas”. Reír con el diablo es un texto necesario, que revive en su dimensión (in)humana a Pinochet. Para unos será sacarlo de la caricatura del monstruo, para otros bajarlo del pedestal.
Para todos, una mirada humana e incisiva. Un libro sobre banalidad y trascendencia, el poder y arrogancia.