Sin embargo, sería un error pensar que la ley basta. La violencia no nace en la mochila, sino en fracturas más profundas: en la salud mental descuidada, en vínculos debilitados, en comunidades que han perdido el sentido de lo común. Aquí la familia es insustituible.

Educar no es delegar. Es en el hogar donde se enseña que la escuela es un espacio compartido, que se respeta y se protege. Y junto con legislar, es urgente avanzar —desde la Contraloría General de la República— en la aprobación del reglamento de la nueva ley de convivencia escolar.

No podemos seguir reaccionando cuando la violencia ya se ha instalado; debemos anticiparnos, reconstruir confianzas, volver a poner el cuidado en el centro. La escuela no puede acostumbrarse al miedo. No puede aceptar que la violencia sea parte de su paisaje.

La escuela es, o debería ser, el primer territorio donde aprendemos a vivir con otros, donde se ensaya la democracia cotidiana, donde se siembran las bases del futuro. Si la escuela se protege, florece. Si florece, transforma.

Y si transforma, entonces Chile todavía tiene esperanza.