Y después logré entrar al Espacio CAL (una sala de 100 butacas en Vitacura en el centro comercial Lo Castillo, hoy convertida en el bar Candelaria) con René Naranjo y Luz Pereira, una precursora para la época, que era la dueña del espacio CAL. La Luz Pereira armó como un mini centro de arte ahí, porque tenían galería de arte. Es un lugar donde Raúl Zurita hizo sus primeras declamaciones, y tenía la galería, la sala de 100 butacas y un pequeño bar.
Eso es lo que se replicó un poco al principio en el Centro Arte Alameda. Aprendí lo que era el cine, empecé a meterme en esto que me gustaba, y desde ahí que estoy dedicada al cine y a la cultura. – ¿Y cómo llegaste al cine arte?
– En el Espacio CAL daban películas que me parecían raras, especiales, atractivas. Era un cine que era difícil, que trataba temas sin tanto efecto especial. Me atraían un montón las películas rusas, las películas francesas.
Cuando empecé a trabajar ya en el Espacio CAL ya tenía 27 o 30 años, fue súper alucinante, porque me tocaba ir a buscar películas a Chile Films. Muchas veces trasladaba las latas para las primeras funciones. Y con el René descubrimos películas que había en las bodegas de Chile Films que no se estrenaban, un poco lo que pasa ahora también con las plataformas, que hay películas que no se estrenan en cine y van directamente a las plataformas, y estas quedaban ahí guardadas sin ser estrenadas.
Descubrimos “La leyenda del Santo Bebedor” (1988), “Todas las mañanas del mundo” (1991), unas joyas que estaban en estas bodegas, y que enriquecieron la programación del espacio CAL. – ¿Cómo empezó la historia del Cine Arte Alameda? Porque antes funcionó allí el cine Normandie.
– Cuando el Normandie se fue a la calle Tarapacá, la municipalidad tomó ese lugar. Fue un proyecto de la Municipalidad de Santiago con (Jaime) Ravinet de alcalde y la corporación cultural, con un equipo de gente que era muy joven en esa época como Jorge Rosenblut, Claudia Serrano, Ricardo Solari, que eran parte del directorio de esta corporación y que les interesaba generar un nuevo espacio cultural similar a los de otras partes del mundo. Pero era tan fácil convertirlo en una multisala.
Ahí fue que llamaron a la Luz Pereira y nos invitó a participar a René y a mí. Ahí se convirtió en un boom en ese comienzo porque lo que hicimos fue cambiar un poco la metodología de programación que tenía el Normandie, que era más clásico, muchos ciclos rusos, cosas que a mí me encantaban. Yo en el Normandie vi “El último emperador” (1987), embarazada de nueve meses del Martín (su hijo), que ahora tiene 40, con una sala llena.
Pero nosotros empezamos a ver películas nuevas, eso fue la diferencia, que se habían estrenado hace un año y con copias más nuevas, que no se cortaban en la mitad de la proyección, y eso fue lo que también marcó un público que accedió a esta nueva versión de oferta cinematográfica, y también pasó que pudimos amplificarnos un poco. Y luego me separé de la Luz Pereira y partió esta nueva época, por decirlo de alguna forma, del Alameda dirigido por mí, que fue hace 33 años, o sea, el año 93, 94. – ¿Y qué hitos tú recuerdas en estos 33 años?
– Siempre me acuerdo de uno que lo repito incansablemente, que fue cuando (en 1996) se le levantó la censura a “La última tentación de Cristo” (1988). Este era el último país donde seguía vetada. Ya todos habíamos visto la película en un VHS, ahora la tuvimos un mes, yo sentía que era simbólico.
El público ya había visto la película, pero igual se llenaba. Tuvimos dos mil espectadores la primera semana, porque se le había levantado la censura. También recuerdo mucho el primer Ciclo de Cine Gay, el año 1999, 2000, cuando todavía las diversidades estaban bastante más limitadas y con mucha restricción por la Iglesia Católica.
Cuando hicimos ese ciclo lo que más llamó la atención fue el lienzo que estaba afuera en la calle, que era una ventana muy importante, que decía “Primer Ciclo de Cine Gay”, que luego se transformó en “Cine Gay Lésbico”, porque mis amigas lesbianas me decían, “oye, qué ciclo más machista”. Y a mí me sonaba súper dura la palabra “lésbico”, pero a través del tiempo ya se interiorizó, y además a mí me parecía súper provocador también poner ese afiche y reconocer que teníamos una programación única. Dimos varios ciclos también que tenían que ver con documentales.
Te ibas encontrando a través del cine con realidades que uno desconocía y el cine te las va transmitiendo. Lo seguimos haciendo ahora, abrir ventanas para la exhibición de realidades que uno no sabe hasta verlas en el cine. – ¿Cómo viste la evolución del cine chileno?
– Siento que goza de súper buena salud en este momento. Hubo un cambio también de contenidos, la forma de abordar los contenidos o que siguen siendo temáticas sociales, sí, pero hay una nueva generación que toca temas fundamentales, pero de otra manera, o con una mirada en algunos casos optimista, en otros casos cómica, en otros casos triste, pero varió la forma de contar. Antes era político, porque había una necesidad de seguir siendo político y social, pero desde otro perfil, como que se refrescó la forma de contar las historias.
El año pasado tuvimos “Denominación de origen” (2024), que marcó un hito, de Tomás Alzamora. Este año partimos con “La misteriosa mirada del flamenco” (2025) y “Matapanki” (2025), que son películas hechas por directores muy jóvenes que tienen otra forma de contarte las historias. Y yo creo que eso es súper valioso, porque lleva al público nuevamente, encanta al público en las salas, pero te sigue contando realidades propias, de nosotros.
– Ahora, en cuanto al tema del Estallido, ¿cómo lo viviste el 18 de octubre? ¿Cómo lo vivió la sala? ¿Qué recuerdos tienes?
Porque Plaza Italia fue el epicentro básicamente, donde explotó el volcán. La sala fue lugar de atención para los heridos de la protesta y luego resultó incendiada. – Sí, mirando para atrás es super doloroso en general todo.
Esa parte la tengo un poco bloqueada, porque en realidad pensé que íbamos a poder volver a reconstruir el Alameda. Y si bien hubo voluntades, no pasó nada en cuatro años, en cinco años, en seis años. El momento lo vivimos super estoicamente, yo te diría, era tan la cagada que había en ese momento que era o esconderse o participar.
Hoy hay un negacionismo con esa época, con el octubrismo. Me acuerdo principalmente de acciones, que el primer día fue un caos total, el segundo día de nuevo caos total, hubo toques de queda, pero nosotros íbamos de todas maneras todos los días. Yo tenía que llegar a las 10 de la mañana a la Alameda y me volvía a las 11 de la noche, porque no había cómo circular después.
Entre medio, recordemos, estuvo esa manifestación, una de más masivas (el 25 de octubre), y el Estado en ese momento blindó La; Moneda, entonces la cagada quedaba en estas cuadras que eran desde Lastarria hasta la Plaza Italia o hasta Seminario, un poco más arriba. Entonces había caos, todos los días había caos, dos meses y medio, octubre, noviembre. Yo no podía creer que todavía no se contuviera, porque después ya eran grupos muy pequeños.
Este entusiasmo que tuvimos todos del comienzo, luego empezó a decaer. Y había grupos más radicales o al final grupos a los que ni siquiera les interesaba el movimiento, que generaron más caos que nada, y entonces uno estaba defendiendo el metro cuadrado ahí, porque ya no quedaba qué quemar, ya se habían quemado todos los bancos que estaban alrededor, todas las farmacias que estaban alrededor y seguía instalada esa sensación de una guerra, pero que eran cuatro cuadras, es increíble que en dos meses y medio no se pudieran controlar. Y bueno, finalmente ese 27 de diciembre de 2019 cae una bomba lacrimógena, que espero que no haya sido intencional, pero cae una bomba lacrimógena, que es la que incendia el Alameda, y ahí termina esa parte del sueño del Centro de Arte Alameda, que tenía una cantidad de historia que ya no se puede recuperar, afiches, lienzos, películas que se perdieron, pero no se perdió ni una vida humana, Entonces hubo que reconstruirse, ver que podíamos hacerlo, porque estaba la misma energía, un equipo maravilloso, un equipo comprometido.
Con varios de ellos todavía estamos como colaboradores y agradezco mucho siempre a todos los que han pasado por el Alameda. Y se abre esta oportunidad de poder ocupar una sala en el CEINA, esta sala donde estamos actualmente, y que la pudimos implementar porque teníamos fondos que eran para el 2020. No teníamos dónde, entonces pudimos implementar una tecnología que es de última generación de cine, para poder estar a la misma altura que teníamos la sala anterior, pero con otro estilo.
Porque aún extraño un montón todavía esas butacas rojas, esa cortina que se abría antes de las películas. Este es otro formato, un formato en que hay mucha gente joven que está yendo ahora al Alameda en Arturo Prat, que no conoció el Alameda original en estos seis años. Es un público que se renovó.
Por supuesto que hay un público fiel a a nuestra oferta cultural, pero es un público nuevo en general el que ha llegado a esta nueva ubicación en el CEINA. – ¿Y la idea es seguir allí o tienen alguna perspectiva de volver a Plaza Italia? – No, el Alameda original está aquí.
Yo creo que es un error que no lo compren en alguna alianza la Gobernación, la Municipalidad de Santiago, el Ministerio de las Culturas, porque esa cuadra no es para el Centro Arte Alameda, sino para un proyecto cultural donde nosotros sí podríamos hablar en algún área. No creo que el Alameda como existía antes se pueda volver a a recuperar, porque esa cuadra sigue igual de apagada todavía, en Plaza Italia, desde Vicuña Mackenna hasta Namur. En el CEINA nos sentimos súper bien, creo que colaboramos con la programación.
El CEINA está dedicado a las artes escénicas, el Centro de Arte al cine. Entonces, creo que dialogan súper bien las instituciones en conjunto y ambas tenemos esta necesidad de trabajar también con el estudiantado, no solo del Instituto Nacional, sino que con un espectro más amplio, con todos los colegios de la comuna de Santiago y de otras partes de la región también.