Una vez más, el gobierno de José Antonio Kast decide golpear a los sectores más vulnerables del país. Esta vez lo hace a través de una señal preocupante: su ministro del Trabajo presenta un salario mínimo sin aumento, condenando a cerca de 900 mil chilenos a seguir viviendo con 539 mil pesos mensuales. Se trata de la vida cotidiana de miles de familias que deben enfrentar el alza sostenida del costo de la vida, el encarecimiento de los alimentos, el transporte y los servicios básicos.
Mientras todo sube, el sueldo se congela. Kast y sus ministros, una vez más, demuestran su inhumanidad y que viven en la estratósfera. Aquí no hay neutralidad.
Hay una postura ideológica evidente: mantener a toda costa una rigidez económica que ignora la realidad de las personas. Se privilegia una tozudez doctrinaria por sobre el bienestar de los chilenos, como si el equilibrio fiscal pudiera sostenerse a costa de quienes ya no llegan a fin de mes. Lo más grave es que esta decisión no es aislada.
Refleja una mirada de país donde el ajuste siempre recae en los mismos: la clase media y la clase trabajadora, aquellos que no tienen cómo defenderse, que no cuentan con redes de protección, que viven de su esfuerzo diario. Esto es un retroceso social. Es, derechamente, un acto de revanchismo contra quienes sostienen el país con su trabajo.
Chile no puede avanzar dejando atrás a su gente por parte de un gobierno que le da la espalda a los trabajadores, al ciudadano de a pie que todos los días se tiene que levantar temprano y acostar tarde para llevar el sustento al hogar. Presidente: no todos somos de la clase del ’84 de la católica, ni tenemos inversiones en Estados Unidos o en las islas Caimán. La mayoría de los chilenos solo ven como parar la olla día a día y ustedes se lo hacen cada día más difícil.
Y eso, simplemente, es inaceptable.