El auditorio subterráneo de Centex tiene sillas a los costados y un tatami para quien quiera sentarse en el suelo. El escenario está adornado con plantas, velas e incienso. Es el cinco de diciembre de 2025, el lanzamiento de “Viva”, álbum debut de Alma Pájara.
Presentada por Manuel Guerra, director de Centex, aparece Alma con su guitarra. Canta “Confía”, la canción que abre el disco y en apenas dos minutos ya estamos todos bajo el hechizo. Luego entra el resto de la banda, vestidos con colores terrosos.
Comienza el viaje. “Viva” mezcla raíces latinoamericanas y canto popular con hiphop y música urbana. A ratos van sumándose colaboraciones de Almendra del Pilar, el violín rosado de Ailina Shakti o la danza de Babi.
Veo al público menear la cabeza con los ojos cerrados y batir palmas. Para los últimos cuatro temas, estamos todos de pie. El tatami se convierte en pista de baile.
Casi al final del concierto, Alma pide silencio y nos cuenta sobre el padre de Pablo Truquero, el guitarrista. Un hombre que, en ese mismo instante, estaba siendo operado del corazón. Levantamos las manos, enfocamos los buenos deseos en ese señor que cada uno imagina dentro de su cabeza, recostado en un quirófano.
No es un gesto menor, Alma lo sabe y lo invoca deliberadamente. Nacida de padres separados, Gianina Cáceres creció en constantes mudanzas por la Quinta Región, junto a su madre y su abuela. “En kínder, estuve en un concurso de la María José Quintanilla.
Entonces me hicieron mi traje, con sombrero y todo. Ahí me presenté por primera vez ante público. Ni me acuerdo la verdad.
Solo me acuerdo que gané. Y que me dieron una bolsa grande con dulces”. A los doce, llegó a vivir a Villa Alemana y participó del Festival de la Voz en el Colegio Nacional tres años consecutivos.
Se convirtió en la cantante de facto para la kermés, el día del profe, las licenciaturas. A los dieciocho entró a la banda “Piensa en verde”, y luego a “La rasca soberana”. En esta última escribió su primera canción: “Piraña”, una tiradera contra el presidente de aquel entonces.
“Mis más altos referentes están involucrados en la crítica y pensamiento político. Anita Tijoux, Cultura Profética, Víctor Jara. Yo he soñado siempre también aportar a eso.
Ser parte de esas revoluciones que se generan a través de la música y del arte. Me importa mucho decir algo que defienda la sensibilidad”. Es en estas bandas donde Gianina estaba de corista, que conoció a Esteban Zavala, con quien arman el dúo “Apie” en 2017.
Tocaban en restoranes de Cerro Alegre y Cerro Concepción, en la calle, en el metro. Hacían covers de boleros, bossa nova y valses. Tenían una química particular, que más tarde se convertiría en relación sentimental, pero que de momento se traducía en generosas propinas.
Comenzaron a escribir sus propias canciones mientras recorrían Chile. Cuando se desataba la pandemia, lanzaron su primer disco: “Orgánico”. En el verano de 2021, aprovechando la ventana en que se levantó temporalmente la cuarentena, Gianina y Esteban viajaron a la selva boliviana.
“Estuvimos en Bolivia seis meses. Fuimos armando el camino en la ruta. Solo sabíamos lo que íbamos a hacer la primera semana y ya nada más.
Estuvimos dos años viajando”. Conocieron a los productores Guadalupe Rivera y Carlos Cornú, en Puebla, México. Los trataron como familia y les abrieron las puertas de su hogar, que incluía un estudio de grabación.
Ahí fue donde trabajaron su segundo disco como dúo: “El viajecito”. También fue ahí, en medio del cansancio de los viajes y la incertidumbre económica, donde Gianina se percató de un bulto en su cuello. Viajar por Latinoamérica tocando en la calle también tenía su peso: mochilas de veinte kilos y la guitarra siempre al hombro.
La relación con Esteban se desgastó, ambos tensos, atrapados a mil seiscientos kilómetros de casa. “Pienso que hay personas que llegan a mostrarnos mucha luz y otras que vienen a mostrarnos oscuridad. Pero no es que ellas sean luminosas u oscuras.
Sino que nos reflejan diferentes partes de una misma”. Según Gianina, el bulto fue una somatización de todo el estrés al que estaba sometida: un tumor sobre la clavícula, en un ganglio linfático. No era doloroso, pero sí preocupante.
Las constantes mudanzas le impedían hacerse un seguimiento. Varios doctores, además de costosos, le dieron diagnósticos erróneos, le dijeron que no se preocupara. “Esta amiga que te digo, Lupita, me tomó y me llevó.
Me dijo: No puedes dejar que eso siga creciendo, vamos a ver qué es. Yo nunca me imaginé que podía ser cáncer. Me imaginé cualquier cosa, pero nunca cáncer”.
El tumor apareció en abril de 2022 y el diagnóstico correcto llegó recién en octubre. Diez días después, a Gianina le realizaron su primera quimioterapia. Perdió peso y su cabellera.
Anunció lo que vivía por redes sociales. Los seguidores de Apie enviaron ofrendas en dinero y buenos deseos. “La primera quimio estuvo muy fuerte, la segunda y tercera, todavía más.
Es veneno. No busca sanar sino matar el cáncer. Y de paso ametralla todo.
Y yo decía: No puedo, no. Tiene que haber otra forma”. Explorando opciones, encontró a Doctor Heal, una plataforma de medicina integrativa.
Por videollamada, un grupo de profesionales revisó los exámenes y ofreció un protocolo: cambiar la alimentación, eliminar derivados químicos, practicar yoga, grounding y consumir hongos adaptógenos. “Quería entender el origen de la enfermedad para poder sanarla desde la raíz y no apuntando solo al síntoma como lo hace la medicina alópata. Empecé a tomar terapia, meditar y descubrí a Joe Dispenza.
Para mí, alto referente de la vida. Y fua, cambio de switch. Me dije: este loco se sanó la columna con su mente.
Obvio que yo puedo sanar unos restos de tumor”. En febrero de 2023, Gianina decidió interrumpir las quimioterapias y devolverse a Chile. Continuó el tratamiento integrativo y lo mezcló con estudios de sonoterapia y musicoterapia.
No volvió a pisar un hospital en meses. “El tres de octubre de 2023, me hice un PET scan, un examen de cuerpo completo que muestra la actividad cancerígena. Me salió limpio, limpio, limpio.
Ahí supe que había renacido”. Junto con la noticia y ya de vuelta en su tierra natal, después de siete años, finalizó la relación profesional y amorosa con Esteban. Fue un quiebre amigable, aunque no por eso menos doloroso.
Necesitaba destinar toda su energía al nuevo proyecto: Alma Pájara. “Esta enfermedad vino a enraizarme en mí misma” dice Alma y apunta el sticker con el logo del proyecto: la silueta de un pájaro cuya cola se transforma en raíces. “Me considero una persona con mucha fe.
Cuando era chica era más tirada hacia las imágenes del catolicismo; a medida que fui creciendo renegué de eso, pero me acerqué más a Dios, el Universo, la Fuente. Creo que todas las cosas las hago un poco desde ahí”. “El treinta y uno de marzo del 2024, puse un cartel en mi pieza que decía: atrae a mí a las personas perfectas para hacer crecer mi proyecto de manera ilimitada.
Al día siguiente, conocí al Pablo Truquero”. Con Pablo congeniaron desde el principio. Juntos grabaron maquetas, las enviaron al Chino Guzmán (guitarrista y productor de los primeros álbumes de Mora Lucay) y pelotearon ideas.
Las cosas iban tomando forma. Así de sincrónicas se sintieron las llegadas de Rodrigo Quiroz, Andrés Hernández e Iván Reyes para conformar la banda. Alma dice que desde que se lanzó, ha estado volando, sostenida por el universo.
“Me gusta el concepto del estado de flow. Lo único que hago es que pido asistencia. Y ahí me doy cuenta de que siempre estoy asistida”.
Pablo junta las palmas moviendo los labios: “Gracias”. El silencio es roto por un aplauso del público. Alma canta la última canción del concierto.
El padre de Pablo tuvo una cirugía sin complicaciones y se recuperó exitosamente. Claro que podría ser solo una enorme coincidencia.