La respuesta no puede ser adelantar la construcción de una gran coalición unitaria. Ya habrá tiempo para eso. El riesgo mayor, y más inmediato, es otro: que la ausencia de debate interno se resuelva por la vía fácil, es decir, por la búsqueda de un líder.

Ya ocurrió con Bachelet. Hay condiciones para que ocurra con Boric. El progresismo no puede caer dos veces en el mismo error.

Un liderazgo carismático puede ganar elecciones, no puede reemplazar la construcción política. Lo que se necesita hoy es que cada partido haga su propio trabajo. Que el PC responda a quién le habla hoy.

Que el PS defina qué cree y para quiénes gobernaría. Que el FA establezca hasta dónde está disponible a negociar con un gobierno al que se opone. Que la DC precise qué la diferencia, y qué la acerca, al resto del bloque.

Son preguntas incómodas, pero necesarias. Hace décadas un conocido referente de izquierda propuso que florezcan mil flores. No es una invitación al caos: es una apuesta por la diversidad como fortaleza.

Los partidos progresistas tienen que salir a conversar con trabajadores, estudiantes, organizaciones civiles y, sobre todo, con la gente común que los abandonó, que no les creyó o que se sintió defraudada por la administración Boric. De esas conversaciones tiene que emerger algo concreto: el Chile en que cada uno cree y por el que está dispuesto a luchar durante los próximos cuatro años. Eso no se construye con coaliciones anticipadas ni con fotos de unidad que solo le importan a los que salen en ella.

Se construye con debate, con identidad propia y con trabajo territorial. Sin abandonar la artillería diaria que exige responder a un gobierno que lleva semanas dando razones para ello. Mientras el progresismo no resuelva quién es y qué quiere, Chile seguirá buscando oposición.

El aviso está publicado. Alguien tiene que responderlo.