En la búsqueda de orientación y sentido para peregrinar por un mundo cada vez más incierto, algunos recurren a la fe. Otros a las interpretaciones basadas en una ciencia en permanente evolución, la que investiga, interpreta y difunde. Para los primeros, las verdades no necesitan pruebas tangibles.

En las explicaciones terrenales, en cambio, ocurre lo contrario, ya que estas se fundamentan en lo demostrable mediante teorías e investigaciones. Ahora bien, cuando fe y dogma se introducen en los ámbitos materiales, se arma una bomba de tiempo, pronta a estallar y propagar sus esquirlas, ya que pretender dominar el mundo para imponer sus verdades da origen, justamente, al totalitarismo que hoy denunciamos. Los totalitarismos del siglo XX dan testimonio de esas explosiones.

Y los “yihad” islámicos, representantes de una nueva forma de totalitarismo, son uno de sus continuadores, los que debemos denunciar. Lee también... Tras rechazo de Trump: Irán asegura que su propuesta de paz no es excesiva Lunes 11 Mayo, 2026 | 06:58 Todos quienes, al llegar al poder, dicen poseer verdades irredargüibles, tienen idénticos propósitos: imponer su dominio hasta lograr el vasallaje.

Para ello, hoy utilizan la seducción a través de la publicidad, medios de comunicación y redes sociales, lo que no es otra cosa que el legado perverso de Goebbels, ese “miente, miente, que algo queda”. El resto lo hace la fuerza de un poder omnímodo, su represión, la guerra y la condena a los supuestos culpables de disentir de las consignas oficiales, aplicándoles las más abyectas de las penas. Pasado y presente del totalitarismo Los totalitarismos del siglo pasado, cuyas consecuencias aún se manifiestan, fueron fenómenos que impusieron patrones económicos, sociales, culturales y morales, negando las contradicciones y eliminando la duda.

Fundados en la superioridad de la raza (nazismo), la omnipresencia del Estado (fascismo), la dominación de una clase (marxismo-leninismo en versión bolchevique, maoísta, coreano o camboyano…) son responsables de atroces genocidios y de millones de muertos. Como bien los definió Hannah Arendt en “Los orígenes del totalitarismo (1951)”, estos se diferencian del autoritarismo por ser una forma de gobierno que busca el dominio total del individuo, eliminando su libertad y hasta la distinción entre lo público y privado. Para la célebre filósofa judío-alemana, el totalitarismo va más allá del control del Estado, ya que busca dominar al ser humano en su totalidad, destruyendo su capacidad de pensamiento.

En ellos encontramos el uso permanente del terror para infundir el miedo —consecuencia de una política de control y represión—, la propaganda que apunta a transformar la ideología en realidad, y el culto a la personalidad de sus lideres bautizados como “guía supremo, conductor, padre de la nación”. Equivocadamente, pensábamos que sus principales representantes —Hitler, Stalin, Mussolini, Mao, Pol Pot— habían quedado rezagados en el fondo de la historia. Sin embargo, en pleno siglo XXI, aparecen personajes que toman el relevo, los tenemos frente a nosotros, y de estos debiéramos desconfiar como de la peste.

Cada día vemos a quienes provocan las guerras que conocemos. Los que cuentan con el poderío de las armas y decretan la muerte con su firma. Putin, Trump, Netanyahu han tomado la delantera de esta horrenda carrera que conduce, de una u otra forma, al exterminio.

Pero también están quienes compiten con idénticos objetivos, y cuyo único propósito es destruir la civilización occidental. Nos referimos al fundamentalismo musulmán, activo en varios continentes, principalmente en Oriente Medio, África y Europa. Un freno a las falsas verdades Aunque parezca evidente decirlo, debemos dudar de las falsas verdades.

Sabemos que la duda es la generadora del pensamiento, el zócalo de la filosofía y el motor de los avances científicos. La duda complementa la contradicción que hacen incompatibles dos afirmaciones y que es la base del diálogo y la colaboración. La duda es una manifestación de la libertad de pensamiento.

Cuestionar las certezas es combatir la ignorancia y permitir la humanidad. Quienes la descartan so pretexto de poseer la verdad, dejan de aprender, porque, en realidad, no piensan; solo obedecen, proceden o aplican y eso es, precisamente, lo que el totalitarismo busca: hacer del silencio su aliado y del miedo el ejecutor de sus crímenes. Sócrates afirmaba que la verdad está en la revisión constante de nuestra acción, ya que permite examinar y refutar errores.

Complementariamente, siglos después, Descartes estableció la duda como instrumento de análisis, imponiéndola como método de la filosofía y de la ciencia. Sin la duda sobre las verdades reveladas, las que Galileo cuestionó nada menos que durante la Inquisición, este no hubiera sido una referencia de la historia. Sabemos que, en el siglo pasado, Einstein debió negar los paradigmas científicos y hasta las leyes de Newton para desarrollar la teoría de la relatividad.

El totalitarismo niega lo básico de la complejidad humana; esa mezcla de razones, certezas, cálculos, obstáculos, explicaciones encontradas a tientas, dudas y sombras. “Quien no duda no razona”, nos enseñaba Albert Camus hace unas décadas, y su lección sigue vigente, tal vez más que nunca, como una forma de disentir y resistir. Somos de quienes desconfían y, digámoslo, sienten aversión por las verdades reveladas y por esos elocuentes profetas de labia amenazante, o disfrazados de sabios meditativos, que predican sus verdades y vaticinios.

Y de estos hay muchos en la actualidad, algunos disfrazados de científicos sociales, deterministas de la evolución lineal de una historia caricatural con “fases superiores” que presagian paraísos terrenales. Miradas con la profundidad y distancia de nuestras siete décadas, las certezas suelen ser efímeras; a menudo, circunscritas a un período determinado de la historia y desaparecen en la síntesis de una nueva contradicción. Entonces, la ciencia es el mejor vector para superar la ignorancia, y la filosofía, las letras y las artes son el complemento del aprendizaje, haciéndolo más humanista.

Para resistir, debemos observar con los ojos y escuchar con los oídos, palpitar y sentir junto a los otros. La humildad es un requisito previo, y la arrogancia está prohibida. Las lecciones andan por el aire; hay que recibirlas en las casas y en la escuela, en el barrio y el trabajo, de la gente con la que convivimos.

Pero es un camino que debemos recorrer de a pie, porque de otra forma no hay realidades asumidas ni explicaciones que las validen. La sabiduría que resulta de esas vivencias se adquiere, precisamente, “donde día a día me gasto los miedos, las suelas y el traje”, como dice Eladia Blázquez en Mi ciudad y mi gente. Lee también...

Irán: cuando se relativizan los crímenes y el silencio se hace cómplice Lunes 27 Abril, 2026 | 08:51 Así, para tratar de actuar con lucidez, hemos hecho propia esa frase de Umberto Eco escrita en su novela El nombre de la rosa, la que dice: “Huye de los profetas… y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen hacer morir con ellos a muchos otros, a menudo antes que ellos, y a veces en lugar de ellos”. Desenmascarar y oponerse al totalitarismo, solidarizar con sus víctimas y con los valientes disidentes, preconizar la duda, objetar las consignas, buscar las contradicciones de ese actuar bestial, se hace un deber del presente. Nuestra libertad para dudar, increpar y manifestar es una muralla que hace frente al vasallaje.

La vacuna contra el totalitarismo es resistir, no doblegarse, alzar la voz. Quienes, como nosotros, cuentan con muy poco para hacerlo, disponen de la pluma y la palabra, herramientas, al fin, que, aunque modestas, son una forma de no aceptar lo repugnante.