Gobernar exige muchas cosas, pero también obliga a evitar otras: la visión maniquea tan instalada en Chile, esa tendencia a dividir todo entre buenos y malos, sin matices; a anunciar transformaciones épicas y ofrecer soluciones totales únicamente para ganar elecciones. Porque después llega el momento incómodo en que la realidad pasa la cuenta. Y entonces aparecen los llamados a la prudencia, a la responsabilidad y al largo plazo.
El problema es que, para entonces, buena parte de la ciudadanía ya siente que le cambiaron el discurso a mitad de camino. Quizás una de las principales lecciones de este tiempo sea precisamente esa: la política necesita menos fuegos artificiales y más honestidad intelectual. Menos ofertones mágicos y más sentido de realidad.
Menos épica pirotécnica y más responsabilidad frente a lo que se promete. Porque cuando la política —y los políticos— se acostumbran a vivir del exceso verbal, terminan inevitablemente siendo víctimas de sus propias exageraciones. Es oportuno impulsar cambios que permitan avanzar de una manera distinta.
Se debe terminar el recreo. Ese recreo que algunas autoridades aún parecen creer que continúan viviendo, como si siguieran en el patio y no ejerciendo responsabilidades de Estado.