La primera edición de Diálogos de El Mostrador 2026 puso sobre la mesa una pregunta incómoda: qué pasa con la democracia, la cohesión social y el trabajo cuando la inteligencia artificial (IA) acelera una transformación que ya venía golpeando al mundo laboral. El invitado fue Sebastián Edwards, y su diagnóstico sobre el país fue directo. “En Chile estamos demasiado fragmentados para tener la conversación de país que necesitamos”, dijo, al aterrizar a la realidad local el debate global sobre IA, desigualdad y poder económico.

La discusión no es solo tecnológica. El hilo conductor del ciclo este año es la vieja tensión entre capital y trabajo, ahora recargada por la irrupción de herramientas que pueden complementar empleos, pero también reemplazarlos, desordenar industrias y ampliar brechas. Edwards no compró del todo la tesis de un colapso inminente del trabajo, pero sí advirtió que la velocidad del cambio es brutal y que todavía no sabemos si la IA terminará siendo más complemento que sustituto.

Su punto: el impacto ya no se puede mirar como un ejercicio teórico. En ese contexto, puso el foco donde más duele en el país: las oportunidades. “En Chile las oportunidades no son parejas, porque es una sociedad extraordinariamente segmentada y segregada territorial y educacionalmente”, afirmó.

Esa frase resume buena parte del riesgo político del momento. Porque una economía puede mostrar crecimiento, innovación y modernización, pero si grandes grupos sienten precariedad, frustración o que quedaron fuera del sistema, el resultado no es solo malestar económico: también es polarización. La advertencia de Edwards es que el Estado sí tiene un rol, pero no cualquiera.

Debe partir por una red de apoyo para quienes tropiezan con esta transición y, además, por emparejar oportunidades en educación, formación y acceso real a movilidad social. También hubo una interpelación al sector privado. La tesis es que las empresas no pueden esperar siempre a que el Estado regule para actuar.

Si la IA empieza a desplazar puestos, la transición no puede hacerse a golpes ni dejando a los perdedores a la deriva. El telón de fondo es más amplio: Chile enfrenta esta revolución sin una visión compartida de hacia dónde quiere ir. Sin ese norte, la IA corre el riesgo de profundizar un problema previo: una sociedad partida, con élites que se adaptan rápido y grandes mayorías que sienten que el futuro se escribe sin ellas.