Esto genera un fenómeno particular: un espacio de alto poder con baja institucionalización. En la práctica, los asesores del segundo piso operan sin las restricciones formales que sí tienen los ministros. No responden políticamente ante el Congreso, no enfrentan interpelaciones ni acusaciones constitucionales, y muchas veces trabajan bajo contratos a honorarios.
En síntesis ese diseño les otorga flexibilidad, pero también opacidad. Lee también... Segundo Piso es blanco de fuertes críticas tras seguidilla de errores comunicacionales del Gobierno Miércoles 29 Abril, 2026 | 08:27 El origen: de Lagos al presente Aunque hoy es parte del lenguaje político habitual, el segundo piso tiene un origen relativamente reciente.
Según la tesis en cuestión, su diseño formal se remonta al gobierno de Ricardo Lagos, cuando se estructura un equipo multidisciplinario de asesores cercanos al Presidente, independiente de los partidos y orientado a la estrategia política. “Surge a partir del primer diseño formal (…) como un equipo multidisciplinario de asesores cercanos (…) para asistirlo en la conducción de su equipo ministerial y en la toma de decisiones”, se lee en el documento. Antes de eso, el rol asesor estaba más disperso.
Durante la transición, figuras como Edgardo Boeninger o Enrique Correa cumplían funciones estratégicas desde los ministerios políticos. Pero no existía un núcleo paralelo al gabinete con dedicación exclusiva al Presidente. Lagos cambia esa lógica.
Desde entonces, todos los gobiernos han tenido su propio segundo piso, con distintos énfasis y grados de influencia. En el gobierno de Ricardo Lagos, la figura de Ernesto Ottone Fernández fue clave como articulador estratégico del equipo asesor. Durante las administraciones de Michelle Bachelet, destacaron nombres como Rodrigo Peñailillo, María “Jupi” Álvarez y María Eugenia Paris en su primer mandato, mientras que en su segunda administración el rol recayó en Pedro Güell y Ana Lya Uriarte.
En los gobiernos de Sebastián Piñera, el segundo piso tuvo un peso determinante: entre 2010 y 2013, la coordinación estuvo en manos de María Luisa Brahm, mientras que en su segundo mandato el liderazgo lo asumió Cristián Larroulet, considerado uno de los jefes de asesores más influyentes de ese período. Más recientemente, bajo la administración de Gabriel Boric, la conducción del segundo piso transitó por distintas figuras: inicialmente encabezado por Lucía Dammert, luego por Miguel Crispi y, tras su salida abrupta, por Felipe Melo, todos integrantes del círculo de máxima confianza del mandatario. Las reglas no escritas del poder Uno de los aportes más relevantes de la tesis es la identificación de las características que deben cumplir quienes integran este equipo.
En las páginas del documento se sintetiza el perfil ideal: “Traje a la medida”, “Confianza y lealtad”, “Experiencia burocrática y alta capacidad técnica”, “Nulo perfil público”, “Sin agenda política propia”, “Flexibilidad con estabilidad” y “Humor y sentido de equipo”. No son condiciones menores. Son, en rigor, los requisitos para operar en el espacio más sensible del poder, eso sí, bien remunerados, donde el jefe de ellos puede obtener un sueldo mensual sobre los 9 millones de pesos.
La lógica es clara, el asesor del segundo piso no compite con el Presidente, no construye liderazgo propio ni busca visibilidad. Su rol es potenciar al mandatario, no eclipsarlo. Así se describe en la tesis al sostener que “se trata de un grupo de confianza y máxima lealtad con el presidente, sin agenda propia (…) capaz de aportar una mirada estratégica más allá de la administración diaria”.
Esto explica por qué, en condiciones normales, estos equipos operan fuera del foco mediático. Pero también explica por qué, cuando fallan, el impacto político es inmediato. Aunque los nombres cambian, el patrón se repite, en efecto el segundo piso se ubica en el círculo más cercano al Presidente, por encima incluso de los ministerios en términos de acceso y capacidad de incidencia.
Los diagramas incluidos en la investigación muestran una estructura de “círculos concéntricos”, donde el núcleo central está compuesto por el Presidente y su equipo asesor directo, seguido por los ministerios políticos y, más afuera, el resto del aparato estatal. Ese diseño revela una verdad incómoda, la toma de decisiones no siempre sigue el camino institucional formal, por lo que la trazabilidad de los actos para la Contraloría o el Congreso no es fácil, puesto que los ministros terminan con sus firmas legalizando las decisiones que toma este grupo de poder. Crisis y funcionamiento real Otro hallazgo clave del estudio es el comportamiento del segundo piso en contextos de crisis.
La tesis identifica que estos equipos adquieren mayor protagonismo precisamente cuando el sistema formal se tensiona. Es ahí donde operan como articuladores, utilizando mecanismos informales para destrabar conflictos. “Sus mecanismos (…) no están descritos en la institucionalidad, ya que sus resultados exigen vías informales para articular acuerdos o resolver crisis”, se agrega en el documento.
Esto incluye negociaciones políticas, coordinación con actores externos y manejo comunicacional. En otras palabras, el segundo piso es un dispositivo de gestión de crisis en que sus miembros en más de una oportunidad han estado en comidas, recibido autoridades, como ocurrió el 18 de octubre de 2019. La mirada de los medios El estudio incorpora además la percepción de periodistas que han cubierto La Moneda entre los gobiernos de Lagos y Piñera.
Aunque los resultados son diversos, hay un consenso transversal: el segundo piso tiene un impacto significativo en la conducción política, pero su evaluación depende de su capacidad para ordenar al gobierno y evitar conflictos internos. El caso actual: Kast bajo presión En el contexto actual, las críticas al segundo piso del gobierno de Kast apuntan precisamente a esos puntos: coordinación, influencia y opacidad. La figura de Alejandro Irarrázaval ha concentrado cuestionamientos por su rol en decisiones estratégicas y por la forma en que se articula el poder dentro del Ejecutivo.
No es la primera vez que ocurre. La historia del segundo piso está marcada por tensiones similares en distintos gobiernos. De hecho, durante los últimos años hasta sobrenombres se les han puesto a quienes dirigen el segundo piso.
El poder tras bambalinas En un sistema presidencial como el chileno —calificado por varios autores como hiperpresidencialista—, el segundo piso no es un accesorio, sino una necesidad, sostienen quienes han formado parte de ese núcleo. Consultados por Radio Bío Bío para este artículo, exintegrantes de estos equipos aseguran, bajo reserva, que se trata de la única forma de mantener coherencia en la conducción de la política pública. Las mismas fuentes —que piden anonimato, precisamente por la regla no escrita de bajo perfil que rige a este espacio— explican que la clave del rol es comprender y encauzar lo que el Presidente necesita para gobernar.
En el caso de Sebastián Piñera, relatan, el énfasis estaba puesto en datos y seguimiento permanente, “para saber siempre qué pasó o qué está pasando”. En las administraciones de Michelle Bachelet y Gabriel Boric, en tanto, el patrón fue similar: un segundo piso abocado al monitoreo permanente y a ejercer presión interna para asegurar el cumplimiento de los compromisos asumidos, tanto en campaña como en el ejercicio del gobierno. Según relatan fuentes que integraron estos equipos, en ambos casos la toma de decisiones se apoyó fuertemente en el “orejeo” de estos asesores, es decir, en su capacidad de anticipar escenarios, procesar información y orientar al Presidente en momentos clave.
Con todo, hay un punto en el que existe consenso transversal entre quienes han pasado por el segundo piso: su funcionamiento debiera contar con algún grado de regulación. No por una cuestión administrativa menor, sino por el nivel de incidencia real que estos equipos tienen en la definición, orientación y ejecución de políticas públicas. De hecho, un integrante bajo el gobierno de Michelle Bachelet 2 sostiene que “el Presidente concentra poder.
Y para ejercerlo, necesita un equipo que lo asesore, lo proteja y le permita operar estratégicamente”. Ese equipo es el segundo piso. Un espacio donde no hay votos ni firmas, pero sí decisiones.
Donde no hay exposición pública, pero sí influencia directa. para ser más claros, donde el poder se ejerce en silencio. Ministerio del Interior El rediseño institucional del Ministerio del Interior no es un dato menor en esta discusión.
Con la salida de la seguridad pública de su órbita, la repartición pierde una dimensión clave de poder e información que históricamente fortalecía su rol político y de coordinación, abriendo un espacio que, en la práctica, ha sido ocupado por el denominado “segundo piso”. El nuevo artículo 1° mantiene que el Ministerio del Interior será “el colaborador directo e inmediato del Presidente (…) en el ejercicio del gobierno interior” y que le corresponde “coordinar políticamente los distintos ministerios, para el logro de los objetivos gubernamentales”. Sin embargo, esa definición convive hoy con una merma en sus herramientas reales de conducción, particularmente en el acceso a información estratégica y capacidad de anticipación.
En síntesis, desde el punto de vista formal, el ministro del Interior, hoy Claudio Alvarado, es la única autoridad con mandato legal para ejercer la jefatura política del gabinete. No obstante, en la práctica, ese rol aparece tensionado por la influencia del segundo piso, encabezado por Alejandro Irarrázaval, e incluso por el peso específico de otras carteras, como Hacienda, en la conducción del gobierno.