La seguridad se ha transformado en una de las principales preocupaciones de las familias de Tarapacá. Lo que antes parecía lejano, hoy forma parte de la vida cotidiana de nuestra región: crimen organizado, narcotráfico, violencia en espacios públicos y una creciente sensación de inseguridad que afecta a vecinos, comerciantes y comunidades completas. Nuestra condición fronteriza ha hecho que Tarapacá enfrente fenómenos complejos que requieren una respuesta mucho más firme y coordinada del Estado.

No basta con medidas aisladas o reacciones momentáneas frente a cada crisis. El norte necesita planificación, inversión y presencia permanente de las instituciones encargadas de resguardar la seguridad y el control territorial. Pero esta realidad también comenzó a afectar espacios que deberían ser siempre protegidos: nuestros establecimientos educacionales.

En las últimas semanas hemos visto amenazas en colegios, suspensión de clases, hechos de violencia y situaciones que generan temor en estudiantes, docentes y apoderados. No podemos permitir que la violencia se normalice dentro o fuera de las salas de clases. La convivencia escolar es un desafío urgente.

Recuperar espacios seguros para niños y jóvenes no depende únicamente de medidas de control, sino también de prevención y acompañamiento. La salud mental, el fortalecimiento familiar, el deporte, la cultura y los talleres extraescolares cumplen un rol fundamental para evitar que muchos jóvenes terminen expuestos a entornos de violencia o captados por redes delictuales. Cuando el Estado llega tarde a los barrios, muchas veces el crimen organizado ocupa ese espacio.

Por eso es tan importante fortalecer las oportunidades para nuestros niños y adolescentes, especialmente en sectores vulnerables donde muchas familias sienten abandono y falta de apoyo institucional. Tarapacá también necesita reforzar su infraestructura de seguridad. Más presencia policial, mejor tecnología, control fronterizo efectivo y persecución al crimen organizado son parte de una tarea indispensable para devolver tranquilidad a la ciudadanía.

Pero junto con ello, debemos entender que la seguridad no se construye solo desde la reacción, sino también desde la prevención y la recuperación del tejido social. No podemos acostumbrarnos a vivir con miedo ni aceptar que nuestros niños crezcan viendo la violencia como algo normal. La seguridad debe ser una prioridad nacional y regional, porque detrás de cada cifra hay familias que quieren vivir tranquilas, estudiantes que merecen aprender en paz y comunidades que exigen recuperar sus espacios.

El norte de Chile necesita decisiones concretas y una estrategia seria de largo plazo. Tarapacá merece volver a sentirse segura.