La evidencia muestra que las políticas centradas exclusivamente en sanciones no solo no resuelven el problema, sino que pueden agravarlo: aumentan la exclusión, profundizan la desconexión y elevan la probabilidad de reincidencia. Es exactamente lo contrario de lo que se necesita. Lo que funciona es más difícil, menos visible y políticamente menos rentable: construir comunidades educativas donde las personas sean vistas, escuchadas y valoradas.
Donde exista alfabetización emocional. Donde el conflicto no se reprima, sino que se gestione. La convivencia no se decreta.
Se construye. Y requiere algo que hoy escasea: tiempo, formación docente adecuada y, sobre todo, una decisión política de poner lo humano en el centro que implique el vínculo por sobre las materias. Porque sin vínculo, la violencia es inevitable.