Chile enfrenta así una doble realidad. Por un lado, una mayor esperanza de vida y generaciones que quieren seguir activas. Por otro, estructuras laborales que aún no se adaptan a trayectorias más largas y diversas.
Persisten sesgos etarios y modelos de gestión pensados para carreras lineales que ya no reflejan la realidad. Parte de la respuesta está en avanzar hacia formas de trabajo más flexibles: proyectos, mentorías, asesorías o esquemas híbridos que permitan seguir aportando experiencia sin replicar modelos rígidos del pasado. Durante años, estos formatos fueron cuestionados como sinónimo de precarización.
Sin embargo, en un contexto de mayor longevidad y autonomía profesional, esa mirada comienza a quedar atrás. Bien diseñados, estos mecanismos no precarizan: amplían oportunidades y prolongan la participación productiva. Y aquí aparece una tensión que muchas veces se plantea mal: la inteligencia artificial (IA) no está desplazando el valor del talento senior, lo está evidenciando.
Mientras las máquinas automatizan tareas, lo escaso pasa a ser el criterio, la experiencia y la capacidad de decidir. Justamente ahí, el talento senior deja de ser prescindible y se vuelve estratégico. Superar esta brecha exige una mirada país.
Se requieren políticas públicas que impulsen la empleabilidad senior, actualización permanente de competencias y culturas organizacionales que valoren la experiencia como un activo estratégico. Nuestra experiencia acompañando a más de 500 personas mayores de 58 años confirma que la diversidad generacional no solo enriquece el aprendizaje, sino que fortalece la transmisión de conocimiento y la resiliencia organizacional. El desafío es doble: empresas que integren activamente talento senior y personas que entiendan que su valor evoluciona.
El “tercer tiempo” laboral no es una etapa de cierre, sino de rediseño. Bien abordado, puede transformarse en uno de los mayores activos para la economía.