Introducción En las siguientes tres entregas pretendemos analizar la guerra de agresión que EEUU e Israel han detonado en Asia Occidental, la cual tiene por centro bélico a Irán, pero cuyos alcances se manifiestan en múltiples zonas, desde Líbano y Gaza hasta países del Golfo. Este análisis lo realizaremos desde tres perspectivas distintas. En efecto, la primera consistirá en abordar el marco general del asunto a través de una óptica diacrónica, es decir, a través de un análisis crítico centrado en la historia reciente de la región.

El presente artículo, por ende, se abocará a ello. Nuestra segunda entrega, en contraste, buscará exponer el asunto enfatizando la dimensión sincrónica de la guerra. Es decir, mostrará los intereses, las necesidades y razones generales que la impulsan para, así, exhibir las capas de poder configuradas en nuestro presente mismo, así como el panorama cartográfico general que se avizora actualmente.

En tercer lugar, nos dedicaremos a describir, de manera un tanto más específica, las peculiaridades coyunturales de la guerra, dando prioridad a los sucesos tácticos ocurridos y a su posible beneficio estratégico para uno u otro bando. Con ello, también intentaremos dar cuenta de algunas posibles consecuencias a corto plazo derivadas de la misma. Como se ve, el conjunto de estas tres entregas estará marcado por una “metodología” de aproximación, por así decirlo, deductiva, la cual iniciará su abordaje desde la óptica más general, una exposición diacrónica de la historia reciente (primera entrega), para luego pasar a una exposición sincrónica de los intereses y fuerzas actualmente en disputa (segunda entrega), y, por último, enfocarse en lo particular: la coyuntura específica de los eventos suscitados en el plano bélico, económico, cultural, geopolítico y sus entornos asociados, así como las eventuales implicancias en un futuro inmediato (tercera entrega).

1. Historia reciente Tras 40 días desde el inicio de la agresión bélica ilegal comandada por EEUU e Israel contra Irán, la cual dio inicio a la guerra en curso sobre suelo de Asia Occidental, se pactó un Alto al fuego de dos semanas, cuyas conversaciones llevadas a cabo en Pakistán, se encuentran en un punto muerto. El retorno a una guerra que nunca se fue, producto de la intransigencia de EEUU y el sistema sionista, es un hecho: seguimos en guerra.

Pero para comprender sucintamente este evento, resulta menester no sólo recapitular los hechos iniciales, sino, sobre todo, acceder a ésta a partir de un breve recuento de la historia reciente de la región. En el marco de las jornadas de negociaciones indirectas entre Washington y Teherán, llevadas a cabo en Omán, con miras a conseguir un acuerdo en materia del proyecto de enriquecimiento de uranio iraní, EEUU, junto a su fiel asociado Israel, bombardearon varias ciudades persas. Ante esto, la respuesta de Irán contra las bases militares estadounidenses repartidas por el Golfo Pérsico, en especial en territorio de las monarquías árabes (Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Bahrein, etc.

) no tardó en llegar; paralelamente, y como nunca antes en la historia, Irán propinó considerables golpes contra importantes ciudades en la Palestina ocupada, como son el caso de Tel Aviv y Haifa, entre varias otras. Desde ahí hasta la fecha, la escalada ha aumentado rauda y mortíferamente, aproximándonos -como en ningún otro momento después de la Guerra Fría- a una tensión de índole nuclear, a raíz de las inadmisibles amenazas de Donald Trump y la encarecida obsesión israelí por concretar su absoluta hegemonía en Asia Occidental. No obstante, si bien es cierto que se trata de un conflicto cuyo escenario militar inmediato se restringe a este territorio, aquel ha de poseer, tanto a nivel de intereses como de consecuencias, implicancias de magnitud mundial.

Ello, por cierto, se debe a los procesos globales, particularmente geopolíticos, que se desarrollan en una época histórica marcada por la fase imperial y neofascista de un sistema de producción capitalista en clara tendencia a implosionar. 1. 1 Israel y la colonización occidental Efectivamente, la presente guerra remite a una lógica de acción, tanto espacial como temporal, más amplia, cuyo recuento histórico reciente es susceptible de ser expuesto, al menos preliminarmente, de manera separada entre dos grupos de actores.

En este sentido, y sólo considerando algunos hitos generales pertenecientes a la historia contemporánea de la región, vale decir que, desde 1948, el foco de tensión y desestabilización en Asia Occidental y Central encuentra su causa principal en el hecho de la oficialización naturalizante del proceso de colonización sionista sobre la Palestina histórica, con la correspondiente limpieza étnica del pueblo palestino, operado en pro de la fundación del Estado de Israel. Con tal evento, el carácter acotado y local de los conflictos regionales en Asia Central adquiere, de por sí, una envergadura internacional y global al amparo (aunque solamente formal) del Derecho Internacional. Si bien las masacres, el colonialismo, el extractivismo y las intervenciones políticas llevadas a cabo por las potencias occidentales contra los pueblos de la región se remontan a las primeras cruzadas del siglo XI (y más antiguamente a las campañas de expansión del Imperio Romano), tales prácticas se acentúan de manera sostenida y considerable desde el siglo XVI, fruto de la expansión naval hacia Oriente, encontrando su punto cenital en los procesos imperialistas europeos del siglo XIX (principalmente de Gran Bretaña y Francia).

No obstante, dichas campañas de exterminio mantuvieron un objetivo preciso y no constituyeron un proceso sistemático de colonización por asentamiento. En ese sentido, a lo sumo, durante el siglo XIX se atestigua un proceso de colonización, estructurado bajo la dinámica metrópolis-periferia, llevado a cabo por parte de las potencias europeas anteriormente mencionadas. Su finalidad última era de carácter comercial, aunque, poco a poco, fueron adquiriendo ribetes extractivistas, principalmente de corte energético, lo cual a la larga generó un cambio cualitativo en el tipo de colonización: el paso de una explotación comercial a una de progresivo asentamiento y control territorial sobre los pueblos de Asia Occidental y Central.

Así, con la colonización por asentamiento cristalizada a partir de la fundación de Israel, acudimos a una variación imperial no sólo de grado, sino de naturaleza, esto es, cualitativa. En efecto, después del Mandato Británico en Palestina, producido tras la caída del Imperio Otomano resultante de la Primera Guerra Mundial, y en cuanto parte del Acuerdo Sykes-Picot elaborado entre aquella nación y Francia, Asia Occidental pasa a ocupar un sitial de primacía imperial para Occidente (y con ello para el mundo). Se trata de un espacio geográfico de gran relevancia en relación con los intereses de recursos naturales, control de rutas comerciales, hegemonía política y radio de gobernanza capitalista y, ahora, orientados además por la centralidad del factor energético.

Por ende, se trata de una creciente dominación total a partir del petróleo, primero, y del gas, después, en virtud de la crucial deéndencia de hidrocarburos por parte de los países más industrializados de Occidente. La fundación de Israel, así como otra serie de posteriores intervenciones imperiales o proxys en la región, ha de comprenderse en tal marco. Los asesinatos masivos de indígenas palestinos, los procesos de usurpación de tierras, la expulsión la población palestina, la multiplicidad de actos de terrorismo paramilitar ejercidos por parte de grupos sionistas (Irgún, Haganá, etc.

) fueron abonando el suelo para generar las condiciones materiales, simbólicas y las falsas retóricas (como el slogan “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”) favorables para la fundación de la entidad de Israel. Asimismo, el fuerte apoyo diplomático de las potencias occidentales -e incluso la venia de la URSS-, logró que la Asamblea de Naciones Unidas diera curso a la resolución 181, la cual “recomendó” la partición de Palestina para, tras consulta y acuerdo con tal pueblo, fomentar la fundación de Israel. Así, pese a tratarse oficialmente de una limitada “recomendación”, los diversos factores anteriormente nombrados, tanto coloniales, migratorios, militares, paramilitares, económicos y diplomáticos, permitieron erigir a Israel no sólo en calidad de supuesto hogar nacional del pueblo judío (presunta plasmación de un rezagado proyecto de autodeterminación nacional reactivado a causa del genocidio judío de la II Guerra Mundial y del antisemitismo europeo, pero controlado por un cada vez más marcado dominio dirigencial de la etnia asquenazi), sino, sobre todo, en cuanto enclave colonial de Occidente, ahora legitimado de manera jurídica, política y (pseudo)cultural ante los ojos de la Comunidad Internacional y, en concreto, del sistema de las Naciones Unidas.

Con ello, y a contrapelo de los profundos movimientos de descolonización política de pueblos “periféricos” que recorren la historia del siglo XX, la oficialización del proceso de colonización por asentamiento del 52% de territorio de la Palestina histórica queda consagrado, justamente, bajo el máximo estatuto y estructura moderna de organización y administración social y política: el Estado-Nación. Ello, correlativamente, con su consecuente inserción en el ámbito de la legalidad institucional. He ahí el carácter sistemático y legalista, es decir, el hechizo de naturalización sistematizada y la invención de una “historia oficial” que, como en ningún otro caso en el transcurso de la modernidad, encuentra en Israel la consumación de un artilugio totalmente derivado de los intereses occidentales.

Y, también he ahí, en el rol de punta de lanza de los intereses occidentales que juega Israel, la causa y núcleo central por los cuales la conflictividad en Asia Central significa, esencialmente, un fenómeno histórico-estructural de desestabilización regional. Fenómeno donde, por razones de recursos naturales, movimientos de recomposición de capital, modelos de reacoplamiento geopolítico, mecanismos de acumulación y mantención de tasas de ganancias, prácticas de devastación de la naturaleza, y dispositivos de control y desposesión de poblaciones, pero también (y aunque en primera instancia no lo parezca) por la resistencia combativa de los pueblos en defensa de sus formas-de-vida, así como de Estados en defensa de su soberanía, la región es víctima de una disputa crucial para nuestros tiempos, cuya magnitud cuenta con implicancias a escala mundial. 1.

2 La resistencia: panarabismo y organización micropolítica En la votación de la mencionada resolución 181 de Naciones Unidas, del año 1947, los países árabes se opusieron a la partición de Palestina. Pese a que ello no surtió ningún efecto concreto, sí anunció un camino. Hasta la guerra de 1967 la resistencia de los vecinos de Israel, pese a contar con diversidad de grados, fue unánime y, sobre todo, decidida.

Esta posición se incluyó al interior del movimiento denominado panarabismo. Si este movimiento comprendió más dimensiones que una simple fuerza negativa contra el intervencionismo occidental y la concreta colonización por asentamiento sionista encarnada por la entidad israelí, como fue el caso de un acentuado impulso decolonial específico de cada nación, de una retórica soberanista y de políticas con miras a asentar matrices económicas desarrollista a escala regional, dicha dimensión “defensiva” respectiva a Israel constó de un carácter centrípeto y cohesionante a la hora de agrupar y trazar la acción del panarabismo. Por cierto, en una primera instancia los países mayormente comprometidos en apoyar al pueblo palestino en pro de su autodeterminación y, por consiguiente, decididos a frenar el avance sionista, fueron aquellos geográficamente más cercanos al territorio de la Palestina histórica: Egipto, Líbano, Siria, y en menor medida Jordania.

Además, países del norte de África de fuerte etnicidad árabe, como Libia y Argelia, también expresaron su marcada posición antisionista y la solidaridad con el pueblo palestino. En ese sentido, la figura del general egipcio Nasser, premunido del éxito de haber recuperado la soberanía territorial sobre el Canal de Suez tras expulsar a Inglaterra, cumplió un rol de vanguardia en este movimiento. Ahora bien, en cuanto a su sostenido apoyo a Palestina, el movimiento panarabista sufrió un golpe contundente, y a la larga fatal, en 1967, tras resultar derrotado -víctima de una serie de infamias diplomáticas y militares cometidas por Israel- en la “Guerra de los seis días”.

Fue el golpe determinante a la hora de marcar el fin del apoyo estatal a la causa de liberación nacional palestina por parte de los Estados regionales. Signo de ello, para solo aportar un dato, es que tras aquella derrota Egipto y Jordania, debilitados bélicamente y presionados por un EEUU económica y políticamente cada vez más presente en la región, se convirtieron en los primeros países árabes en establecer relaciones diplomáticas con Tel Aviv a cambio de recuperar su territorio del Sinaí. Dentro de tal escenario, y lejos de todo panarabismo, el único Estado fuerte del mundo musulmán que hoy asume su compromiso con Palestina es Irán.

Hoy, él se encuentra a la cabeza del -así llamado- “Eje de la Resistencia”, compuesto, además, por las fuerzas de Ansarullah en Yemen, la resistencia libanesa de Hezbollah, un puñado de milicias iraquíes y los cada vez más pequeños grupos antiimperialistas de Siria. Sin embargo, en paralelo al declive de las dinámicas de apoyo estatal, la causa palestina ha ganado tanto en autonomía como en poder simbólico. En efecto, desde el plano “micropolítico”, de organización política y social a escala nacional y transnacional, de articulación de redes combativas, así como de identidad y visibilización cultural, la resistencia palestina logró fortalecerse profundamente al interior y en los entornos de sus fronteras, llegando a expandir, actualmente, el conocimiento de su lucha de liberación a través de todo el planeta.

Este proceso hoy ha dado considerables frutos: con independencia de la profundidad con que sea manejado el tema e, incluso, todos sabemos acerca del genocidio en Palestina y, en contigüidad a ello, todos sabemos acerca de la resistencia. Aquel triunfo, conseguido gracias a la paciente, creativa, valiente y polimorfa organización e imaginación micropolítica, se debe a la potencia de los movimientos de resistencia, quienes fueron capaces de trascender las limitaciones materiales, logísticas y diplomáticas acarreadas por la caída del panarabismo. Principalmente nos referimos a dos grupos de resistencia surgidos en la década de los 60: la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), atravesada por distintas tendencias, desde laicas hasta de moderación religiosa, y el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), detentor de un espíritu revolucionario de izquierda.

Dichos movimientos, pese a encontrarse hoy en declive ya sea por corrupción y colaboracionismo (el caso de una Autoridad Nacional Palestina heredera de la OLP) o por desmembración e intervención (FPLP), representaron la égida de la lucha palestina desde Palestina, produciendo un espacio de resistencia cultural, imaginal y político más profundo, rizomático y arraigado que las simples coordenadas estatales y geopolíticas. Ahora bien, si en este nivel micropolítico y organizativo, hoy existe un grupo que, aunque caído en derivas autoritarias y rasgos culturales islamistas, mantiene la fuerza para aglutinar, dirigir y resistir en nombre de la causa palestina es -lisa y llanamente- Hamas. Concentrado en la Franja de Gaza y sobreviviendo al genocidio que no ha cesado de perpetrar el sistema sionista en general, e Israel en particular, el movimiento político Hamas, y su brazo armado conformado por las Brigadas Al Qasam, sigue estando a la cabeza, pero al mismo tiempo abierto a forjar alianzas con otras fuerzas nacionales e internacionales, del conjunto de la resistencia palestina.

Al interior de este contexto geopolítico debe ser comprendido buena porción del rol que juega Irán dentro de la configuración histórica reciente de Asia Central. Más allá de las actuales enemistades y apoyos geopolíticos que, respectivamente, involucran a monarquías árabes, de un lado, y a potencias globales como Rusia y China, de otro, las últimas décadas encuentran en la fecha de 1979 un hito crucial para entender el movimiento de fuerzas de la región. En efecto, en ese año se produce la caída del sistema dinástico persa, constituido por el brutal régimen del Shah Pahlevi.

Vale recordar que anteriormente, en el año 1953, la CIA había orquestado un golpe de Estado contra el primer ministro democráticamente elegido, Mohammad Mosaddeq, a causa de la efectividad de sus políticas de nacionalización de la industria petrolera, hasta ese momento dominada por intereses británicos. En ese sentido, el Shah nunca contó con legitimidad ni apoyo popular masivo dentro de Irán, sino que su posición de poder venía casi exclusivamente respaldada desde Occidente. El año 1979, así, tras una serie de revueltas y sublevaciones crecientes, la dictadura es derrocada por un pueblo iraní profundamente organizado.

Gracias a la potencia insurreccional puesta en marcha tanto por amplios y diversos sectores populares laicos, comunistas, progresistas y liberales, así como por masivas fuerzas religiosas islámicas, prioritariamente chií, se dio curso a una inaudita suerte de espiritualidad política (Foucault, 2010, pp. 53-54). Esto terminó con un Pahlevi exiliado en Estados Unidos, mientras que en suelo persa la Revolución Islámica abría paso a la fundación de la República Islámica de Irán.

Sin embargo, las fuerzas populares laicas que cumplieron la tarea principal al momento de derrocar a Pahlevi, encontraron su fin antes de poder ascender a lugares directivos dentro de la nueva esfera de la República. Gran parte del chiismo iraní, liderado por el Ayatollah Jomeini, se encargó de marginar y asesinar a partidarios, dirigentes e intelectuales comunistas, progresistas y liberales con el objetivo de asentarse en el poder estatal e imprimir a la nueva República Islámica una ideología teocrática, deficitariamente articulada con formas políticas parlamentarias, cuyos efectos a largo plazo derivaron en prácticas cada vez más autoritarias, mayormente capitalistas y caracterizadas por una ascendente corrupción institucional. Todo esto, por cierto, hoy genera un profundo y legítimo descontento en el pueblo iraní, contra el cual la represión estatal ha sido brutal.

Independientemente de la manipulación e instrumentalización que EEUU e Israel ejerzan sobre algunos sectores de la población con el fin de destruir a la República Islámica en cuanto tal, la represión contra la mayoría de los manifestantes resulta inadmisible. Ahora bien, volviendo a la dinastía Pahlevi, se debe señalar que ésta mantuvo inquebrantables lazos económicos y militares con Occidente, en especial con Inglaterra y EEUU. Por cierto, estos últimos países se vieron cuantiosamente favorecidos no sólo a causa de una comercialización de petróleo persa comprado a tasas de impuesto irrisorias y controlado por empresas angloestadounidenses, sino también por el acceso a incipientes investigaciones en materia gasífera, así como a contratos privilegiados en futuras explotaciones.

Paralelamente, el apoyo en armamento militar y policial brindado por EEUU fue considerable y de conocimiento público. A su vez, el Mossad israelí ejecutó una labor central y casi exclusiva a la hora de configurar y capacitar el servicio de la inteligencia y policía secreta del Shah, la SAVAK, encargada de extorsionar, torturar, hacer desaparecer y asesinar durante años a miles de opositores (Mamedov, Neutrality Studies Español, 2026). Todo lo anterior, sumado a la aversión generalizada que desde el siglo XIX ha despertado Occidente y a la concreción estatal de las dinámicas coloniales representada por la fundación de Israel, en cuanto consolidación de un enclave territorial destinado a intensificar la expropiación de recursos, la devastación de la naturaleza y la aniquilación de los anhelos de autodeterminación de los pueblos de la región, marcaron la conciencia antimperialista y antisionista de la naciente República Islámica de Irán.

Junto a esto se debe considerar la carga de autonomía histórica de larga data que estructura la identidad persa a nivel político, tal cual escribe el analista geopolítico Bernard Hourcade: “Víctima durante mucho tiempo del imperialismo ruso, británico y luego estadounidense, el Estado iraní siempre ha buscado su independencia” (Hourcade, 2026, p. 21). Y, en relación a su permanente enemistad bilateral con Estados Unidos, agrega que éste “ha estado en el centro de la mayoría de las guerras y conflictos regionales, y su resolución política sigue siendo la piedra angular de la seguridad en Oriente Próximo.

” De esto se desprende una conclusión: la constante y creciente desestabilización capitalista y consolidación colonial de la avanzada de Occidente en Asia Central, y de la máxima expresión de ella representada por Israel, ha desatado procesos de hegemonía, belicosidad, limpieza étnica y genocidio marcados por la centralidad de prácticas, discursos e imaginarios securitarios, acoplados al preexistente dispositivo epistémico-político de dominación occidental: el constructo ficticio y acomodaticio del orientalismo, en cuanto modo de concepción, y por ende de relación supremacista de parte de Occidente sobre -un supuesto- Oriente. En ese sentido, la existencia estatal de Israel se trata de la producción de exacerbada inseguridad regional con el fin de favorecer los discursos y prácticas coloniales esgrimido en aras del derecho a la autodefensa por parte de un actor constitutivamente supremacista, esto es, de naturaleza esencialmente violenta como lo es Israel. Su confrontación con la milenaria tradición persa, desde siempre caracterizada por su diversidad cultural, compleja integralidad moral y sabiduría diplomática, encuentra en la búsqueda de la autonomía política y espiritual introducida por la Revolución Islámica una fortaleza religiosa que se conjuga y potencia con una identidad nacionalista, capaces entre ambas de impulsar la solidaridad político-religiosa con Palestina y, por oposición, la lucha contra el imperialismo occidental y la ocupación sionista.

En suma, esta es la generalidad del contexto histórico reciente en que debe ser comprendida la guerra de agresión que ha detonado EEUU e Israel contra Irán. Sus antecedentes epocales, por cierto, hunden sus raíces en buena porción de los eventos y procesos anteriormente escritos. Pero esos procesos, sin embargo, no pueden explicar de manera detallada la especificidad de las fuerzas en juego actualmente, cuyos derroteros geopolíticos, coyunturas y futuros alcances expondremos en las próximas dos entregas.

Por Aldo Bombardiere Castro Licenciado y Magíster en Filosofía, Universidad Alberto Hurtado. Profesor de la Universidad de Santiago de Chile (Usach). Referencias Foucault, M.

(2010): Dichos y escritos III. Estética, ética y hermenéutica. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.

Hourcade, B. (2026): “¿Qué futuro le espera a Irán? ” en Le Monde Diplomatique, Edición chilena.

Año XXVI, N° 281, marzo, 2026. Jofré Leal, P. (2020): Palestina, crónica de una ocupación sionista.

Santiago de Chile: Ceibo Ediciones. Mamedov, E. (2026): “Consecuencias de la guerra con Irán: EEUU va a peor” [Conversación entre Pascal Lottaz, Pietro Shakarian y Eldar Mamedov] en Neutrality Studies Español, 2 de abril, 2026.

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