Opinión 05-04-2026 TURISMO AL DÍA Del hotel al destino: el desafío pendiente del turismo en el Maule Ricardo Álvarez (EMPROEX) Existen lugares en el mundo donde el viaje comienza, y muchas veces termina, en el propio hotel. Íconos como el Copacabana Palace (Río de Janeiro), han logrado construir una propuesta tan potente que alojarse allí es, en sí mismo, el motivo del viaje. No se trata solo de lujo o ubicación, sino de una experiencia integral: historia, servicio, entretención y un relato que seduce al visitante antes incluso de aterrizar.
Chile también ha desarrollado ejemplos en esa línea. El Hotel Portillo o el Nevados de Chillán han sabido posicionarse como destinos en sí mismos, donde el visitante encuentra no solo alojamiento, sino una experiencia completa que combina entorno, actividades, gastronomía y descanso. En el Maule, ese modelo ha sido más bien la excepción.
Durante años, el Hotel Termas de Panimávida logró acercarse a esa lógica, atrayendo visitantes que buscaban quedarse ahí, más allá de lo que ocurriera en su entorno. Hoy, ese esfuerzo por recuperar su sitial es una señal positiva, pero también evidencia una realidad más amplia: la región aún no logra consolidar una oferta turística capaz de sostenerse por sí sola. Sin embargo, el problema de fondo no es únicamente la falta de hoteles “destino”.
Es algo más estructural: la ausencia de integración. El turismo moderno no se construye a partir de elementos aislados, sino de experiencias completas. Y en ese sentido, el Maule sigue funcionando como una suma de partes desconectadas: hoteles que ofrecen alojamiento sin articular experiencias, operadores turísticos que trabajan de forma independiente, gastronomía que no siempre se integra a rutas, y atractivos que, por sí solos, no logran sostener una decisión de viaje.
Es importante decirlo con claridad: nadie, ni turistas nacionales ni internacionales, elige un destino únicamente por un hotel o por un paseo específico. Incluso en los casos más exitosos, como los mencionados, existe siempre un ecosistema que complementa y potencia la experiencia. Hay un “gancho” inicial, sí, pero también una red que lo sostiene.
Ahí está la clave. El Maule no necesita solo más promoción, necesita construir producto turístico. Y ese producto no es otro que la región en su conjunto.
Desde sus viñas hasta su costa, desde la cordillera hasta su identidad rural, existen todos los elementos necesarios. Lo que falta es conectarlos en propuestas coherentes, visibles y fáciles de consumir para el visitante. Un turista no debiera preguntarse cómo moverse, dónde comer o qué hacer después de llegar.
Esa experiencia debe estar diseñada previamente: hospedaje articulado con rutas del vino, con experiencias gastronómicas, con naturaleza, con cultura local. Transporte, servicios, recorridos y comercio, incluyendo artesanía y souvenirs, deben formar parte de una misma cadena de valor. Aquí emerge también una oportunidad.
Si los actores locales, hoteles, viñas, restaurantes, guías, emprendedores, logran integrarse, no solo mejorará la experiencia del visitante, sino que se abrirán nuevas posibilidades de desarrollo económico. El turismo dejará de ser una actividad fragmentada para convertirse en una verdadera industria regional. El desafío es pasar de la lógica individual a la lógica colaborativa.
Entender que el éxito de uno depende, en gran medida, del éxito del conjunto. Mientras eso no ocurra, el Maule seguirá siendo un lugar que se atraviesa, pero no necesariamente un lugar que se elige. Transformar esa realidad no depende de un solo actor, sino de una visión compartida.
Porque el turismo no se improvisa: se diseña, se articula y se proyecta. El Maule tiene el potencial. Lo que necesita ahora es funcionar como destino.