Cuando llueve en Panguipulli, profundo en el Parque Pirinel, apenas se siente el agua. Los visitantes -ya miles desde que abrió el 14 de febrero- lo notan cada vez que un temporal golpea la zona: adentro, dicen los guardaparques, el bosque amortigua. Así ocurre el martes 31 de marzo, la primera vez que la Fundación Luksic abre las puertas de su nuevo parque a un medio de comunicación.
Son 12. 000 hectáreas de bosque templado al pie del volcán Mocho-Choshuenco, más de 10 kilómetros de senderos y cuatro miradores. Adentro hay pudúes, ranitas de Darwin, monitos del monte, chucaos, güiñas, hued hued, picaflores, bichos de todos los colores, más de 200 especies nativas de flora y árboles centenarios.
Colinda con el Parque Nacional Mocho-Choshuenco y está cercano a la Reserva Biológica Huilo Huilo. El parque es la primera apuesta formal de conservación de la familia Luksic en conjunto. Y no es, dicen, un proyecto lateral.
“Le tenemos un cariño enorme, hemos trabajado con mucha dedicación por más de tres años para tener un parque con altos estándares de calidad”, dice a DF MAS Isabella Luksic, vicepresidenta del directorio de Fundación Luksic. “Queremos aportar para proteger este patrimonio natural, la zona con mayor biodiversidad de bosques de Chile, y queremos que la gente conozca y entienda su importancia. Porque creemos firmemente que lo que hoy cuidamos sienta las bases para el desarrollo futuro y el bienestar de las próximas generaciones”.
A pesar de este hito y de la magnitud del parque, la Fundación decidió no comunicar la apertura. No hubo conferencia de prensa, ni campañas en redes sociales. Hasta ahora.
De Chan Chan a Pirinel Los Luksic son conocidos en la zona de Panguipulli. Han participado históricamente de la Corporación de Adelanto Amigos de Panguipulli y han financiado distintas iniciativas sociales y educacionales. Fue a inicios de los años ‘80 cuando Andrónico Luksic Abaroa -el patriarca, fallecido en 2005- llegó al Fundo Chan Chan, un predio al pie del volcán Mocho-Choshuenco, a 88 kilómetros del centro de Panguipulli.
El fundo nunca tuvo un fin productivo. La idea, desde el inicio, fue cuidarlo de manera informal. Macarena Cea, gerenta general de la Fundación Luksic, lo describe así: “(Él) sentía que esto era algo muy especial.
Ya existía la vocación de cuidarlo desde esa época”. Pero el cuidado, dice Cea, era informal. No había plan de conservación, ni equipo profesional, ni senderos.
El nombre original del predio era Chan Chan y recientemente se cambió a Pirinel por el estero que nace del volcán y desemboca en el río Enco. La formalización vino después, empujada por la tercera generación de la familia. “Don Andrónico es la primera, los hermanos son la segunda y los primos son la tercera generación.
Tienen un interés muy potente en la conservación”, describe Cea. Para formalizarlo, se decidió que el vehículo fuera la Fundación Luksic. “No podía ser distinto a lo que nosotros ya hacíamos.
Tiene que tener los mismos estándares con los que trabajamos en los otros programas”, explica la gerenta general. Eso significó, dice, investigación internacional, visitas a parques privados en Chile y en el extranjero, y un proceso de relacionamiento con las comunidades del entorno. Árboles de 6 siglos El Parque Pirinel huele a nuevo.
Lleva poco más de un mes abierto y las maderas de plataformas, boletería y baños se ven prácticamente sin uso. La infraestructura fue pensada para mimetizarse con el paisaje. Desde afuera, el parque apenas se nota.
Para entrar hay que recorrer un sendero de más de 500 metros sobre una ancha plataforma de madera. En los primeros metros, en pleno inicio de otoño, el verde de fondo se mezcla con cientos de copihues y especies de helechos que, según los estudios científicos realizados en el predio, eran desconocidos en la zona hasta antes de este proyecto. Se escuchan, aunque cuesta verlos entre la densidad del bosque, los chucaos que habitan el sector.
El sendero termina en una cascada de agua rodeada de flora nativa. De ahí, parten tres senderos de dificultad media: Las Vertientes, Del Silencio y Bosque Antiguo. En uno, se dice, hay posibilidades de cruzarse con una ranita de Darwin.
En otro, hay un puente de metal colgante en los que atraviesan copihues. Metros más arriba, un mirador da hacia el Lago Panguipulli. Y en otro camino, se encuentra un árbol centenario que, se supone, tiene más de seis siglos en el cuerpo.
Finalmente, todos convergen en un punto común: La Raulicera, un anfiteatro natural con vista directa al complejo volcánico Mocho-Choshuenco. Inversión social: la lógica del retorno La fundación encargó el diseño del parque a Outlife, una empresa chilena especializada en infraestructura para áreas de conservación, la misma que trabajó en Parque La Tapera, el proyecto de Paola Luksic en Aysén. La obra tomó poco más de un año de ejecución física, tras un proceso de planificación que se extendió por más de tres años.
Al frente del proceso quedó Nicolás Mora, director de conservación de la Fundación Luksic, un ingeniero civil con MBA en Berkeley, un perfil poco común para liderar este tipo de iniciativas. Cea explica la lógica detrás de ese perfil: “A nosotros lo que nos interesa mucho es este enfoque complementario entre el terreno y la investigación, pero mucho foco en la gestión, en que las cosas se hagan bien”. Antes de construir, el equipo realizó un benchmark por iniciativas privadas en Chile y el extranjero.
“Visitamos todos los parques”, dice Cea. “Sabemos cuál es el estándar, cómo son los guardaparques, qué es lo que están haciendo en ciencia”. El objetivo era levantar un espacio que pudiera medirse contra los referentes globales del sector.
La fundación define el enfoque como inversión social, no filantropía tradicional. “La filantropía termina en la donación, pero la inversión social va mucho más allá”, explica Cea. “Tú no solo gastas, sino que quieres saber lo que ese peso te rentó.
Y esa rentabilidad puede ser económica, social o ambiental”. En octubre de 2024, la familia organizó una ceremonia de primera piedra con unas 140 personas, incluyendo vecinos y representantes de comunidades aledañas. Asistieron Isabella Luksic y Óscar Lería Luksic, consejero de la fundación.
El 14 de febrero de 2026, el parque abrió al público y cerrará su marcha blanca a finales de mayo, para tener una pausa de tres meses y reabrir de forma definitiva el 1 de septiembre. De Panguipulli a Japón El parque tiene cinco objetos de conservación definidos: el pudú, la ranita de Darwin, la cuenca hídrica, el bosque templado húmedo valdiviano y la flora nativa. Cada uno tiene línea de base y medición periódica.
“Queremos que haya más ranitas de Darwin, que haya más pudúes, que se conserve la cuenca del agua”, dice Cea. “Y podemos medirlo”. El aliado principal en ciencia es Photosintesis, la consultora técnica encargada del levantamiento y monitoreo de biodiversidad.
En marzo de 2026, la fundación formalizó una alianza con la Universidad Austral de Chile para investigación y sostenibilidad. Antes de eso, cerraron vínculos científicos con la UC, con la U. de Concepción y con el jardín botánico de Edimburgo.
Y, según cuenta Macarena Cea, están en conversaciones con la Universidad de Ghent, en Bélgica, especialistas en bosque templado. Una comisión académica de la casa de estudios europea visitará Chile a mediados de año. Cea distingue distintos niveles de impacto esperado.
El primero es la naturaleza: que los objetos de conservación se mantengan o crezcan. El segundo es la ciencia: generar conocimiento a partir del monitoreo con las más de 40 cámaras trampa y del trabajo de los académicos vinculados al parque. El tercero son las comunidades.
“Que puedan vivir el parque como una experiencia de aprendizaje no convencional”, explica. La relación con el Estado es otro frente. La fundación trabaja con CONAF a nivel local.
“Ellos tienen la mejor impresión de nuestros profesionales”, dice Cea. “A nivel nacional no tenemos ninguna pretensión. Lo único que queremos es ser un aporte para algo que sabemos que es muy importante para Chile, que es la protección de la biodiversidad”.
En septiembre de 2025, el parque representó a Chile en la Semana de la Biodiversidad de la Expo Osaka, junto a Rewilding Chile, Fundación Alerce 3000, Tantauco y el Centro Internacional Cabo de Hornos. Fue la primera vez que esta iniciativa de conservación tuvo vitrina internacional. El señor de los bichos Al final del trayecto, un equipo de la Fundación Luksic empieza a apurar el paso para recibir a los invitados.
Están apurados. A las 13:30 llega una comitiva de 30 niños de la Escuela La Rinconada de Choshuenco, de 1º a 4º básico, para ver una clase del “señor de los bichos”, Cristóbal Spratz. El creador de contenido, con más de 520 mil seguidores en Instagram, se dedica a recorrer el país para acercar a los niños a los invertebrados y romper mitos sobre ellos.
Todos se sientan atentos mientras Spratz les entrega un pasaporte de los principales animales y objetos de conservación que se encuentran en Pirinel. “Cuando vean una ranita de Darwin, ustedes le hacen un ticket a su pasaporte”, les instruye. Ellos responden.
Les habla sobre las especies que él mismo encontró minutos antes recorriendo los senderos, como la hadita del monte (una avispa color oro) o el ciervo volante, una especie de escarabajo nativa de los bosques sureños de Chile y Argentina. La escena empalma con uno de los pilares estratégicos del proyecto: el impacto en la comunidad. Es lo que Cea define como la transformación del predio en un espacio de educación innovadora.
“Queremos que el parque se convierta en un Aula Pirinel”, explica la gerenta general. “Un espacio en donde no sólo los niños, sino también personas mayores, puedan aprender en un entorno que no es una sala convencional, sino una experiencia de aprendizaje distinta”.