Opinión 14-04-2026 UN ENCUENTRO EN LA PALABRA Taller Literario de la “AGRUPACIÓN CULTURAL GERMÁN MOURGUES BERNARD” ANTES DE LA PRIMERA LÍNEA Mariano Rocca Frente a él, el papel en blanco. Eran las once de la mañana; habían pasado casi tres horas desde que se había instalado para comenzar su trabajo, como acostumbraba desde hacía más de veinte años. Recordó haber leído El Proceso de la Creación Artística de Miguel Arteche, donde se describían las manías secretas de los artistas.

Pensó en Beethoven, que preparaba su café contando exactamente sesenta granos antes de molerlos; en Virginia Woolf, que escribía de pie para mantenerse alerta; y en Chopin, quien buscaba la cercanía de la naturaleza para componer frente al mar. Él también tenía sus rituales. Siempre había sentido que las primeras líneas eran las más difíciles y que, superado ese umbral, el texto comenzaba a desarrollarse casi solo, como si él fuese apenas el instrumento de una mente superior que le dictara palabras y frases.

Los griegos habrían hablado de Calíope. Él simplemente obedecía, dejando que las ideas descendieran desde un lugar que nunca lograba nombrar. Su tarea, entonces, solo consistía en ajustar palabras y borrar sus propias huellas.

Pero esa mañana algo se había roto. Ese estado de flujo —al que aludía Csikszentmihalyi— había desaparecido junto a su lápiz pasta azul, el único con el que había escrito durante años. Había revisado cada cajón del escritorio, removido papeles olvidados y buscado en los lugares más improbables.

Miró bajo los libros, en los bolsillos de la chaqueta, incluso en el suelo. Nada. Se pasó la mano por el cabello, gesto que repetía solo cuando estaba verdaderamente perdido.

Necesitaba escribir el artículo que le habían encargado hacía semanas, pero la página permanecía muda, casi burlona. Frente a él había varios bolígrafos negros, uno rojo y otro verde —como el que, dicen, usaba Neruda—, todos en perfecto estado. Sin embargo, no era lo mismo.

Sentía que la tinta azul era el canal que lo conectaba con esa corriente invisible que alimentaba sus pensamientos. Usar otro color le parecía un acto artificial que rompería el delicado hilo que sostenía su escritura. En lecturas recientes se había interesado por la historia del bolígrafo.

Descubrió que este había sido creado por László Bíró, un periodista húngaro emigrado a la Argentina. Desde entonces empezó a sospechar que los escritores dependían no solo de sus ideas, sino también de las herramientas que utilizaban. En su caso, el vínculo con ese lápiz azul se había vuelto íntimo, casi orgánico, como si fuese una extensión de su propia mano.

Tomó un bolígrafo negro. Dudó. Durante un instante pensó que tal vez todo había sido una superstición.

Se inclinó sobre la hoja, respiró hondo y cerró los ojos. Intentó convencerse de que no era el instrumento, sino él quien daba vida a las palabras. Sin embargo, apenas lo intentaba, sentía la mano rígida y la mente tan blanca como el papel, como si ambas se negaran a obedecer.

Sin su lápiz, se sabía huérfano de su rito. El día avanzaba lentamente, mientras la luz de la mañana se desplazaba sobre el escritorio. Permanecía allí, inmóvil, esperando el regreso del lápiz azul, como quien espera que algo —no el objeto, sino la voz— decida volver.