Un estudio paleoneurológico reveló que la reducción del tamaño cerebral en los perros domésticos no fue un proceso gradual desde el inicio de su domesticación, sino un cambio drástico ocurrido durante el Neolítico Tardío, hace unos 5. 000 años. La investigación, publicada en la revista Royal Society Open Science, analizó fósiles y ejemplares modernos de Europa Occidental y Australia, ofreciendo una de las primeras aproximaciones detalladas a la evolución del cerebro en el linaje lobo-perro a partir del volumen endocraneal.
El equipo examinó 185 lobos y perros actuales junto con 22 restos prehistóricos, cubriendo un periodo desde el Pleniglacial —hace 35. 000 años— hasta el Neolítico Tardío. Los resultados indican que los “protoperros” del Pleistoceno no presentan diferencias cerebrales respecto a los lobos contemporáneos.
En contraste, los perros neolíticos muestran una disminución del 46% en el volumen endocraneal, comparable al de razas modernas pequeñas como los terrier y toy. “La forma en que viven nuestros perros hoy en día no les da la oportunidad de expresar siempre la mayor parte de su inteligencia -dijo el doctor Thomas Cucchi, primer autor del estudio del Centro Nacional Francés de Investigación Científica-. Pero son extremadamente inteligentes y la domesticación no los volvió estúpidos, sino que los hizo realmente capaces de entendernos y comunicarse con nosotros”.
Dos etapas en la transformación del lobo al perro El análisis distingue dos momentos clave en la evolución. Por un lado, los protoperros del Pleistoceno —una etapa temprana de la relación con los humanos— no evidencian cambios significativos en el tamaño cerebral respecto a los lobos. Por otro, los perros del Neolítico Tardío presentan una reducción marcada, lo que evidencia una transformación abrupta en el proceso de domesticación.
Para establecer estos patrones, los investigadores utilizaron modelos digitales y mediciones volumétricas en cráneos fósiles y actuales, con muestras provenientes de distintos contextos arqueológicos en Europa Occidental y Australia. Uno de los casos más relevantes es el del protoperro de Goyet, hallado en una cueva en Bélgica y datado en 35. 000 años.
Este ejemplar presenta un volumen endocraneal ligeramente superior al de los lobos de su época, lo que, según los autores, podría estar vinculado a una mayor flexibilidad conductual. Este rasgo habría facilitado la convivencia y cooperación con los primeros grupos humanos, sugiriendo que las primeras interacciones no implicaron una disminución de las capacidades cognitivas, sino más bien el desarrollo de nuevas habilidades adaptativas. Un cerebro más pequeño, nuevas funciones A diferencia de estos primeros canes, los perros del Neolítico Tardío —de hace unos 5.
000 años— exhiben una reducción significativa del cerebro, similar a la de razas pequeñas actuales. Los investigadores plantean que este cambio podría estar asociado a una reorganización funcional. Entre las hipótesis, se sugiere que esta transformación favoreció comportamientos más ansiosos y cautelosos, útiles como sistemas de alerta en comunidades humanas.
Sin embargo, también se advierte que estos animales probablemente cumplieron múltiples roles dentro de los complejos entornos sociales de la época. “No está claro por qué la domesticación dio como resultado perros con cuerpos y cerebros más pequeños que sus antepasados parecidos a los lobos -sostuvo . Sin embargo, algunas investigaciones sugieren que cuando se reduce el tamaño del cerebro, este se reorganiza, lo que significa que los perros más pequeños son menos fáciles de entrenar y más recelosos de los cambios en su entorno, lo que los hace potencialmente útiles como sistemas de alarma.
Pero también podría deberse a que la escasez de alimentos en el entorno de las aldeas neolíticas favorecía a los perros más pequeños con cerebros más pequeños, ya que estos requieren menos energía”.