Pero también tiene riesgos. Gobernar rápido no es lo mismo que gobernar bien. La presión por mostrar avances inmediatos puede llevar a errores evitables, descoordinaciones o mensajes contradictorios.

Y en política, sabemos, los errores no se miden sólo por su magnitud, sino por su timing. Ahí aparece un punto clave: el rol del comité político y de los equipos comunicacionales. Si algo ha cambiado en los últimos años, es el ritmo de la política.

Las redes sociales, los ciclos noticiosos y la ansiedad ciudadana han comprimido el tiempo. Hoy, una semana es mucho tiempo. Un mes, una eternidad.

Como bien sabemos, una agenda mal explicada puede naufragar en horas, mientras que una buena decisión mal comunicada puede parecer un error. Por lo mismo, no basta con anunciar; hay que ordenar, priorizar y, sobre todo, explicar. Darle sentido a la velocidad.

Darle relato a la velocidad. En otras palabras, si antes el desafío era llenar los 100 días, hoy el desafío es administrar los primeros 30. Y probablemente mañana serán 15.

El Gobierno tiene, en este inicio, una oportunidad evidente: aprovechar el impulso, pero sin perder conducción. Al final del día, gobernar sigue siendo lo mismo de siempre: tomar decisiones, coordinar equipos y generar certezas. Sólo que ahora, todo eso ocurre en cámara rápida.

Y en ese nuevo escenario, entender el tiempo —y adaptarse a él— puede marcar toda la diferencia.