¿Qué significa eso? Primero, inteligencia moderna de verdad. Coordinación obligatoria entre policías, Aduanas, Fiscalía, Gendarmería, SII, UAF y Fuerzas Armadas en fronteras críticas.

El crimen organizado opera como sistema; el Estado chileno sigue funcionando muchas veces como archipiélago burocrático. Segundo, recuperar territorialmente el país. Hay barrios donde el Estado aparece solo para cobrar multas o inaugurar programas, pero no para ejercer autoridad permanente.

La seguridad no se decreta desde Santiago: se reconstruye en el territorio, con presencia policial profesional, municipios fortalecidos, fiscalización financiera y recuperación del espacio público. Tercero, proteger a las policías de la demagogia pendular. Un día se las demoniza; al siguiente se les exige resultados milagrosos.

Las policías requieren modernización, control civil eficaz y respaldo político simultáneamente. Sin instituciones policiales legitimadas y profesionalizadas no existe democracia estable. Cuarto, comprender que la crisis de seguridad es también una crisis cultural.

Un país donde se relativiza toda autoridad termina dejando vacante el espacio que luego ocupan el miedo y la violencia. Ninguna sociedad puede sobrevivir mucho tiempo si pierde el respeto elemental por la ley, la escuela, el mérito y la responsabilidad individual. Y finalmente, algo quizás más difícil: abandonar la lógica del provecho corto.

La seguridad no puede seguir siendo utilizada como arma de desgaste mutuo. Hay temas donde la derrota del gobierno termina siendo la derrota de todos. porque cuando el crimen organizado avanza, no pregunta por la ideología de sus víctimas.

Lo digo además desde la experiencia de haber servido en responsabilidades de Estado en materias de seguridad interior. Sé que estos temas son mucho más complejos de lo que parecen desde un set de televisión o una red social. Sé también que existen inercias burocráticas, límites jurídicos, problemas de coordinación y dilemas democráticos reales.

Pero precisamente por eso preocupa la liviandad con que a veces se discute algo tan delicado. Chile necesita menos gesticulación y más densidad republicana. Montaigne escribió alguna vez que “la mayor cosa del mundo es saber pertenecerse a sí mismo”.

Tal vez las naciones también deban aprenderlo. Un país que pierde el control de su seguridad comienza lentamente a dejar de pertenecerse. Y recuperar esa soberanía interior exige algo más profundo que un gobierno, una ministra o una coyuntura parlamentaria: exige volver a pensar Chile como una comunidad política con destino compartido.

Y decir la verdad aunque duela. Un país de todos se construye desde la verdad, porque sin ella no hay confianza ni acuerdos ni nada. Ese debería ser el verdadero plan de seguridad nacional.