En cuanto a la fisiología se medirán biomarcadores, se tomarán muestras de saliva y sangre, se controlará la presión arterial y observarán cambios en el sistema inmune. El objetivo es detectar cómo el organismo responde al entorno. Esa información es indispensable si el siguiente paso es un viaje a Marte, donde la exposición será mucho más prolongada.

La preocupación por la radiación, de hecho, atraviesa toda la misión. Aunque la nave está diseñada para proteger a la tripulación, el entorno es dinámico. La actividad solar, con eyecciones de masa coronal y partículas de alta energía, introduce una variable difícil de controlar.

Para medir sus efectos con mayor precisión, a través de la investigación AVATAR, se han incorporado dispositivos del tamaño de un pendrive que contienen células humanas de médula ósea que permitirán observar la reacción del tejido clave en la producción de células sanguíneas. La misión también ensaya capacidades operativas. Validar sistemas de soporte vital, control de temperatura, reciclaje de aire y protección es la base de cualquier intento de permanencia fuera de la Tierra.

Lo mismo ocurre con la navegación en un entorno donde la referencia constante ya no es el planeta. Incluso las observaciones de la superficie lunar tienen una función anticipatoria. Los astronautas fotografiarán y analizarán rasgos geológicos, especialmente en condiciones de iluminación que se acercan a lo que encontrarán futuras misiones en el polo sur.

Allí, donde conviven zonas parcialmente iluminadas con regiones en oscuridad permanente, se jugará la próxima etapa de exploración. Esta misión no aterriza, pero entrena la mirada, la mente y el cuerpo para cuando eso ocurra. Sin las respuestas que entregará esta misión cualquier ambición de llegar más lejos es solo una idea, pero con ellas empieza a delinearse un plan.