Cada ulmen, cada toqui, cada cacique o jefe de familia obraba a su propia voluntad contra el enemigo común, sin que hubiera entre ellos más acuerdo que el momentáneo para entrar en una batalla. Terminada la acción, vencedores o vencidos, cada jefe tomaba un camino diferente sin preocuparse de cimentar la victoria o de reparar la derrota; este fué el secreto y la causa de que la guerra de Arauco durara tres siglos. Lautaro, Colocolo, Caupolicán, Ainavillo, Pelantaro fueron generales que lograron unir las fuerzas de Arauco y las obligaron a obedecer sus órdenes; por eso obtuvieron grandes y trascendentes triunfos; pero al morir esos caudillos, casi siempre en el campo de batalla, se rompía inevitablemente el lazo de unión y faltaba el jefe que tuviera las condiciones para reemplazarlos inmediatamente en el mando de la horda desenfrenada o presa de pánico.

Las "paces" de Quillin y de Boroa recién celebradas con los españoles, fueron la resultante de la derrota de los toquis Quempuantu, Curanteo y Curumilla, muerto el último en el campo de batalla después de haber infligido una seria derrota al ejército español. Desorientados los araucanos con tales desgracias retiráronse a sus campos y aceptaron de hecho la paz que se les ofrecía; no tenían caudillo y necesitaban, ante todo, ponerse a cubierto del hambre. Las tribus belicosas fueron arrojadas al sur del Río Bueno.

Pero en las serranías de Colcura, a pocas leguas de- Concepción, surgió un nuevo caudillo; era un mozo de veinte años llamado Clentaru, que servía en la mina del rico mercader don Pablo Ramírez, como capataz de los indios carboneros Este era el mocetón que, junto con estar organizando en connivencia con el bravo, tesonero y rencoroso caudillo de Río Bueno, Butapichón, el más grande alzamiento que iba a presenciar el reino, recogía manojos de copihues para adornar la reja de las dos bellezas criollas que habían conquistado su corazón. La noche del 14 de febrero de 1655, fué la "noche triste" de los conquistadores de Chile. A medianoche, al esconderse la luna por el horizonte, todas las ciudades, todos los fuertes, todas las haciendas, todas las faenas agrícolas y mineras de la región comprendida entre los ríos Itata y Río Bueno fueron asaltadas súbitamente por los indios que estaban dentro de sus recintos en calidad de servidumbre, apresando a sus moradores, matando a los que resistían y prendiendo fuego a las casas.

Enormes masas de indios bajaron en seguida de las montañas y serranías armadas en guerra, para apoyar la acción de los rebelados y arrastrar tras sí a centenares de prisioneros, de preferencia mujeres y cuanto elemento creían útil. Clentaru habla organizado el asalto de tal manera que las fuerzas españolas se encontraron en la imposibilidad de prestar el menor auxilio a las poblaciones aterradas e inermes; el ejército español, compuesto de mil quinientos soldados, perfectamente armados, se encontraba en las riberas del río Bueno, a más de cincuenta leguas del teatro de los sucesos; otras fuerzas diseminadas en el territorio amagado fueron copadas por las huestes indígenas y reducidas a la inacción. Las tropas de Clentaru habían, triunfado en las serranías de Colcura; pero su caudillo, además de la dirección del movimiento rebelde, tuvo otras actividades importantísimas que desempeñar esa noche y éstas fueron poner a salvo la vida y las personas de aquellas dos beldades que se habían adueñado de sus pensamientos, y que tal vez fueron las que estimularon sus deseos de ser grande y poderoso.

Pronunciada la revuelta dentro del fuerte de Colcura, Clentaru con los suyos rodeó la casa de don Pablo Ramírez de Cáceres, penetró en ella, se apoderó de todos los habitantes y los hizo transportar a su guarida, situada en las impenetrables serranías de Carampangue. Una vez en su "ruca" el afortunado vencedor, en presencia del angustiado padre, de la amedrentada "dueña" y del infeliz clérigo don Juan Omes de Saa, declaró solemnemente que tomaba por mujeres suyas a las dos atribuladas doncellas... —"¿Cómo podrá ser eso, contra la voluntad de ellas, señor?

", se atrevió a decir don Pablo, sobrecogido de espanto. "Volvió el rostro, con majestad increíble el indio, y díjole "al consternado padre que ello sería solamente con la voluntad " de las doncellas, y tomándolas con respeto a cada una por " las manos las llevó a su aposento". Inútiles fueron los ruegos, las lágrimas, las imprecaciones, la desesperación de aquel padre infeliz ante la terrible resolución del caudillo araucano; las cautivas fueron alejadas de toda comunicación con los suyos, y éstos llevados a un sitio apartado, juntos con otros prisioneros, donde tuvieron que soportar una larga vida de sufrimientos y de trabajos.

Pasaron hasta tres meses. Una mañana el caudillo indígena llegó al campamento donde trabajaba el padre de las doncellas de Colcura; su aspecto era el de un hombre anonadado por tremenda desgracia; sus ojos enrojecidos, caídos sus membrudos hombros, inclinada sobre el pecho su coronada testa de ulmen, flácidos los pómulos, se desplomó de rodillas ante don Pablo Ramírez de Cáceres. ¡Tus hijas han muerto!

murmuró roncamente. El misionero de Colcura, don Juan Ornes de Saa, después de un año de cautiverio escribía al Padre Rosales una carta en la que leo el siguiente párrafo: "Y sucedió el caso milagroso de " que habiendo dado sepultura "don Pablo Ramírez de Cáceres " a dos hijas suyas doncellas, que " los trabajos y padecimientos del "cautiverio habían muerto, puso " en su sepultura una cruz que hizo con dos palos y a los pocos "días brotaron hermosísimos pimpollos por los tres remates de la "santa cruz, haciéndose un coposo "árbol que hoy se muestra maravillosamente. Y esta cruz la "he visto yo por mis ojos".

La cruz florida de las Doncellas de Colcura perduró hasta principios del siglo XVIII; a su lado se había construido, en 1666, una capilla para doctrinar a los indios y poco después, el Gobernador don Ángel de Peredo fundó en ese mismo sitio la Villa y Fuerte de San Miguel Arcángel. (A. D.