Pero últimamente he pensado en estas personas desde otro punto de vista, gracias al libro Jolted (Sacudido), de Anthony Klotz, académico estadounidense que predijo que la pandemia daría lugar a lo que él llamó la Gran Renuncia de trabajadores en todo EEUU. La mayoría estamos a tan solo un acontecimiento del momento de renunciar, aunque probablemente deberíamos quedarnos donde estamos. El propio Klotz se sumó a esa oleada, dejando su universidad para incorporarse a la escuela de gestión del University College de Londres en Reino Unido.
Actualmente, sigue estudiando el mismo tema que lo ha obsesionado durante los últimos 15 años: cómo, cuándo y por qué las personas deciden renunciar. El libro plantea la sencilla -aunque no siempre evidente- tesis de que una de las realidades menos reconocidas de la vida laboral es que, a menudo, la decisión de renunciar se desencadena por un incidente aislado, lo que él denomina un “jolt”, o sacudida. De hecho, Klotz escribe: “La mayoría de nosotros estamos a tan solo un acontecimiento del momento en que abandonamos nuestro trabajo”.
Él identifica diversos tipos de sacudidas: desde el terrible impacto de un fracaso, el acoso laboral o algo peor, hasta la “sacudida de transición” provocada por un susto de salud, un divorcio u otro revés personal. Hay otras sacudidas de carácter más positivo -como la celebración de un cumpleaños importante- que también pueden conducir a una renuncia. Incluso un ascenso puede tener ese efecto si te lleva a pensar: “Oye, soy increíble.
Podría estar mucho mejor en otro lugar”. Sin embargo, el suceso más sorprendente es el “choque de la luna de miel”, ese impacto que se produce cuando un nuevo empleo cae tan por debajo de las expectativas que convierte a los recién contratados en recién dimitidos. Estos casos son más comunes de lo que imaginaba.
Klotz cita una encuesta a 56 mil trabajadores, que reveló que el 42% renunció a un nuevo empleo en un año. Otra encuesta mostró que el 30% se marchó en menos de 90 días. Una de las razones es que los empleadores a menudo exageran cuando se “venden” para atraer a nuevos reclutas.
Klotz pone el ejemplo de un estudiante que se incorporó a una gran consultora que le había prometido vacaciones remuneradas muy generosas, solo para descubrir que nadie se tomaba esas vacaciones durante el primer año si quería progresar profesionalmente. Tal como señala el libro de Klotz, resulta muy rentable contar con directivos que posean la habilidad y el tiempo suficientes para detectar cuándo un empleado ha sufrido este choque, o cuándo podría sufrirlo en un futuro próximo. Asimismo, es más probable que un buen director detecte las señales inequívocas de alguien que está a punto de desconectarse.
Algunas son obvias: actualizar el perfil de LinkedIn, alargar las pausas para el almuerzo o escabullirse para atender llamadas telefónicas privadas. Sin embargo, el comportamiento que tiene una relación más estrecha con una dimisión real puede ser más sutil, por ejemplo los empleados que parecen más gruñones de lo normal; o los que dejan de esforzarse tanto por complacer al jefe; o los que simplemente no completan el volumen normal de trabajo. Detectar este tipo de conductas a tiempo conlleva beneficios evidentes para el empleador y -quizás más de lo que cabría imaginar- también para el empleado.
Una de las grandes revelaciones que ofrece Klotz es que, ante un choque laboral, lo mejor que muchas personas pueden hacer es, sencillamente, no hacer nada. Permanecer en el puesto y seguir lidiando con “lo malo conocido” tiene más ventajas de las que solemos percibir. Pregúntale a Bob Iger.
Cuando este año el máximo responsable de Walt Disney cedió formalmente su posición a su sucesor tras casi dos décadas en el cargo, fue aclamado como uno de los directivos más brillantes de su generación. Sin embargo, estuvo a punto de no serlo. Iger estuvo a punto de renunciar en la década de 1980 tras el impacto de descubrir que su empleador — la cadena de televisión ABC-TV — había sido adquirido por una empresa más pequeña y con una cultura muy diferente: Capital Cities Communications.
Finalmente, decidió que lo más sensato era quedarse. Disney compró Cap Cities, y el resto se convirtió en una historia de gran éxito que vale la pena recordar cada vez que sentimos esa inevitable sacudida laboral.