En el marco de la celebración de las glorias navales de nuestra Armada resulta oportuno reflexionar respecto a los desafíos políticos, estratégicos, tecnológicos, financieros y humanos que deberá enfrentar la renovación de nuestro poder naval mediante una fuerza híbrida compuesta por sistemas avanzados, tripulados y autónomos no tripulados, como única alternativa viable. Para quienes temen que estos cambios marquen el fin de las plataformas convencionales, debemos aclarar que no se pretende reemplazar las capacidades existentes, sino que fortalecer la magnitud y letalidad de la fuerza existente, haciéndola económicamente sustentable y consistente con las cada vez más reducidas dotaciones disponibles. Cambio de rumbo La mayoría de las marinas occidentales se encuentran cambiando de rumbo para hacer frente a amenazas marítimas emergentes, tales como la situación en el Estrecho de Bab el-Mandeb en el Mar Rojo y en el Estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, en un marco acelerado de cambios tecnológicos, de dificultades para enfrentar las continuas limitaciones de recursos, a escasez de personal y a los problemas de capacidad industrial, entre otros desafíos, que obligan a considerar una profunda reingeniería de la forma histórica de desarrollar la guerra en el mar.

En este contexto, muchas de las nuevas tecnologías no tripuladas y autónomas ya son una realidad, no ciencia ficción, pero cabe preguntarse si ellas podrán implementarse a la escala y premura necesarias, considerando que en algunos ámbitos los proyectos de desarrollo aún se encuentran en fase conceptual, lo que nos previene que solo cuando ellas sean operativas una nueva marina híbrida colaborativa–tripulada y no tripulada– podrá empezar a enfrentar las nuevas amenazas con buques tripulados operando como elementos fundamentales para misiones claves de disuasión naval y paralelamente diseñados como buques nodrizas para soportar los sistemas no tripulados y autónomos. En este escenario, las plataformas tripuladas y no tripuladas operarán como una fuerza integrada, donde cada elemento cubra las vulnerabilidades de los demás. A modo de ejemplo, en el futuro una “fragata nodriza” se dirigirá a interceptar un submarino con varios vehículos de superficie no tripulado (USV) que navegarán en su compañía, con sus sistemas de IA trabajando en conjunto con la nave principal, añadiendo sensores, armas y señuelos para extender el alcance de la operación.

Es decir, los sistemas autónomos serán una extensión, una mejora y un multiplicador de fuerza para las plataformas convencionales, no un sustituto, debido a sus limitaciones para operar en condiciones meteorológicas adversas. Alta, media y baja capacidad A principios del siglo XX el almirante primer lord del mar del Reino Unido John Arbuthnot Fisher fue el impulsor del concepto de crucero de batalla, para complementar a los grandes acorazados con una solución eficiente y económica para controlar su vasto imperio marítimo, así como también fue el promotor de los acorazados monocalibre, a partir del HMS Dreadnought en 1906, cuyos resultados se comprobaron en la Batalla Naval de Jutlandia en 1916, entre otras muchas genialidades que muestran la necesidad de un cambio de mentalidad para desplegar una flota creíble con sistemas autónomos integrados, para la cual existen pocas alternativas realistas considerando las limitaciones financieras, como se observa en el actual despliegue de la Armada Real en su mix de submarinos atómicos, portaaviones, destructores tipo 45 y la próxima comisión de grandes fragatas tipo 26 y otras de patrulla tipo 31, además de una gran cantidad de vehículos no tripulados en etapas de prueba. Similarmente, la marina norteamericana continúa desplegando una estrategia naval de alta, media y baja capacidad, compuesta de submarinos atómicos, portaaviones, destructores de la clase Arleigh Burke, de buques pequeños y más económicos que vendrán como las nuevas corbetas basadas en los cutter de la clase Legend de la Guardia Costera, así como vehículos de superficie no tripulados (USV) con paquetes de misión en contenedores, que se pretenden emplear a bordo de fragatas de la clase Independence tales como los USS Santa Bárbara (LCS-32) y USS Canberra (LCS-30), que aún se encuentran en fase de pruebas y todavía insuficientes para desminar el Estrecho de Ormuz.

Otro ejemplo pionero es Portugal, que está construyendo el buque multipropósito NRP Dom Joao II de 107 metros de eslora y 7000 toneladas de desplazamiento para desplegar vehículos, contenedores para misiones específicas, lanchas semirrígidas para combate de superficie y enjambres de drones voladores. Para el caso de Chile es interesante recordar el ejemplo de los grandes destructores clase County que operaron entre 1982 y 2006 en conjunto con fragatas tipo Leander entre 1973 y 2007, que nos ilustra respecto el éxito de un despliegue mixto de alta y media capacidad y que en la actualidad muestra incipientes desarrollos locales, tales como el vehículo de superficie Yagán, basado en un bote de goma semirrígido Pumar producido por Asmar y modificado por ingenieros de la Armada y del dron EV350 para operaciones de la Infantería de Marina. Un desarrollo evolutivo La ley de nuestro presupuesto fiscal para 2026 dispuso para el pago del personal activo y pasivo la suma de MMUS$3549, que corresponden al 76% del total autorizado para la defensa nacional de MMUS$4699.

- que será alrededor del 1,3% del P. I. B esperado para este año.

Respecto de la situación del personal en retiro, es ilustrativo conocer que la Caja de Previsión de la Defensa Nacional pagó 104. 272 pensiones durante el año 2024 que corresponderían a un monto promedio mensual de $2. 883.

275 para oficiales y de $1. 185. 932 para el cuadro permanente (Fundación Sol Pensiones por la Fuerza).

Estos antecedentes confirman la creciente crisis presupuestaria y de personal reclutable que afecta a nuestra Armada, que –en mi opinión– solo podrá ser resuelta incorporando masivamente nuevas tecnologías no tripuladas. Para ello es inevitable que nuestra Armada para el Siglo XXI reformule sus programas de construcción de ocho fragatas y de adquisición de dos submarinos nuevos (de un valor total actual de más de MMUS$8. 000.

-), en favor de un mix de buques tripulados tradicionales y otros con capacidades híbridas y no tripuladas, comenzando con un desarrollo evolutivo a partir del rediseño de los cuatro buques anfibios multipropósito del proyecto Escotillón IV, que construye nuestra marina en el astillero de Talcahuano, como buques híbridos que incorporen pequeños vehículos de superficie no tripulados (USV) operando desde las plataformas inundables (well deck) y vehículos aéreos no tripulados (UAV) patrullando extensas áreas como sensores adelantados desde las plataformas de helicópteros sin exponer a las tripulaciones. Nuestra conclusión es que la reconstrucción de las capacidades navales de forma tradicional no es una opción financiera ni estratégica ni tecnológica ni humana, por lo que nuestra Armada requerirá hacer su trabajo de manera diferente a partir de ahora, con nuevas iniciativas para el desarrollo naval de una armada híbrida colaborativa posible de financiar que nos garantice la interoperabilidad y las ventajas compartidas de una era de colaboración entre humanos y máquinas.