El papel de Zampolli en la historia de cómo se conoció la pareja presidencial salió a la luz pública en los últimos días, después de que Melania Trump ofreciera una rueda de prensa sorpresa en la que negó cualquier vínculo con Jeffrey Epstein y afirmó que el fallecido pederasta no tuvo ningún papel en su presentación a su marido. Poco después, Ungaro, la antigua pareja de Zampolli, insinuó en X que Melania Trump tenía alguna relación con Epstein, pero más tarde borró las publicaciones. Zampolli, como era de esperar, le restó importancia.
“¿Y qué dice Jeffrey Epstein (de mí)? ‘Es problemático, mantente alejado’. Y, efectivamente, me odiaba.
No es como si los archivos de Epstein revelaran: ‘Si quieres prostitutas, llama a Paolo’ o ‘Paolo está en la isla’. No, nunca me invitó a la isla”. En una administración Trump que valora la lealtad y los resultados por encima del proceso, Zampolli encarna una especie de diplomacia paralela: informal, impulsada por la personalidad y centrada exclusivamente en los acuerdos.
El efecto es el colapso de las distinciones que durante mucho tiempo han sustentado la política exterior estadounidense: entre el arte de gobernar y el arte de vender, el cargo público y la red privada, la diplomacia y la negociación. Para Zampolli, no hay contradicción. El discurso sigue siendo el mismo, ya sea pronunciado en un ministerio de Budapest o en una capital de Asia Central: grandes cifras, plazos rápidos y un mensaje claro sobre cómo conseguir lo que se quiere.
“Compra productos estadounidenses”, dice. Si eso no funciona: “US$ 20. 000 millones en 20 minutos”.