“Valores Occidentales”: ¿exclusión o encuentro? Por Luciano Valle, Cientista Político 15 April 2026 Compartir en: Ante la apelación persistente al concepto de "civilización y cultura cristiano occidental", surge la interrogante acerca de los contenidos y antecedentes que constituirían tal entidad, sus límites y alcances. Por otra parte, es menester abordar el uso abusivo e instrumental del concepto en función de los intereses de dominación de determinados bloques políticos y alianzas militares.
El "contenido" de la civilización cristiano occidental no es una esencia pura. Es una tradición viva, plural y en constante cambio. Se trata de una construcción histórico y político social de múltiples vertientes.
Estas van desde las raíces grecorromanas y sus aportes decisivos a la filosofía, el derecho, la democracia, la república, el concepto clave de ciudadano y se extienden hasta el renacimiento, la reforma protestante, la Ilustración y las revoluciones cintífico-tecnicas. El cristianismo, en sus diversas manifestaciones, influye decisivamente a las diferentes construcciones y aportes de ideas, conceptos, disciplinas e instituciones políticas. El cristianismo formula una visión del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, dotado de dignidad consustancial a su existencia.
A tal concepción del ser humano se asocia la idea del mensaje para todos los pueblos y, con ello, la dimensión del universalismo y su expresión secular en los derechos humanos. Desde sus inicios, en el cristianismo se incorporó una saludable tensión en la separación de poderes entre Iglesia y estado. Dialéctica mediante, dicha tensión conlleva a la paradoja que los procesos de secularización, impulsados por la Ilustración, e incluso las perspectivas críticas hacia la propia religión, así como la consagración de valores como los derechos individuales, la ética del trabajo, el racionalismo, la igualdad, la universalidad y el humanismo, encuentran raíces y referencias en la teología.
Aunque flexibles, los límites se distorsionan en su esencia, cuando se pretende subsumir una tradición cultural rica y diversa, en una entidad geopolítica como la OTAN y todo el entramado económico, político y militar que representa, para enfrentar a cualquier “otro”, llámese “comunismo ateo” como en la guerra Fría, el mundo musulmán, China, Rusia, paradojalmente con indisolubles vínculos cristianos, así como a todo el llamado Sur Global no subordinado. Es un abuso, sin dudas. De este modo, los valores occidentales se instrumentalizan para las agresiones, la demonización de los otros y para negar las legítimas y enriquecedoras diversidades de nuestra civilización.
En dichas perspectivas, por ejemplo, se materializan enfoques en los cuales, la seguridad de “occidente, desconoce los límites que importan a la seguridad los otros. Las apelaciones al concepto, como ideología de poder, niegan la esencia misma del humanismo y el universalismo que son consubstanciales al espíritu del encuentro y la construcción de vínculos de confianza antes que al “choque de civilizaciones” planteado por el señor Huntington, quién, más que un enfoque científico, busca establecer un marco teórico para justificar guerras de agresiones, la eliminación de “los otros” y una perspectiva inevitable de enfrentamientos y guerras. Esta identidad política excluyente se utiliza como recurso narrativo para justificar genocidios, como los de Netanyahu, contra los pueblos palestino y libanés y la conducta abyecta y criminal del gobierno de los Estados Unidos.
Tal apelación, lejos de ser una expresión de la cultura y civilización cristiano occidental, es una traición a esta. De igual modo, es una traición a los valores de nuestra cultura pretender uniformarla y con ello borrar la riqueza de sus diversidades, su apertura -en vez de muros- frente a otras tradiciones y realidades histórico culturales, al diálogo interreligioso que han impulsado con fuerza la Iglesia Católica, la Iglesia Católica Ortodoxa, las iglesias protestantes, los musulmanes, el judaísmo y otras expresiones religiosas. La civilización y cultura cristiano occidental es fundamentalmente inclusiva y sin límites geográficos.
Tomando como base a San Pablo quién señala que “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, deberíamos afirmar, que tampoco hay ingleses ni persas, iraníes, ni negros ni blancos, ni europeos ni asiáticos o árabes. Somos todos, en nuestra diversidad, iguales en derechos y en dignidad. Desde el punto de vista de sus proyecciones y alcances está claro que aspectos esenciales de la cultura cristiano occidental son el universalismo, el respeto a todo ser humano y el reconocimiento de derechos que son esenciales y trascendentes.
Que niega toda exclusión y que le es consubstancial el encuentro y la construcción de vínculos de confianza entre las personas, las naciones y las diversas construcciones histórico culturales. En ese espíritu, venciendo a la trampa de la violencia y acudiendo al espíritu de la Ilustración es pertinente recordar a Francois Mitterrand invocando a “la fuerza serena de la razón”.