Tras más de cuatro décadas dedicadas a la educación, una asistente de párvulos deja un legado que no se mide en años, sino en vidas marcadas por el cariño, la música y la vocación. Hay trayectorias laborales que se miden en años. Otras, en impacto.
Y hay algunas - las más valiosas - que se miden en huellas humanas. Esta es una de ellas. Es difícil resumir una trayectoria de más de 35 años formando personas, pero el pasado 30 de abril fue el último de la Tía Mary trabajando en el Kinder; una mujer que dedicó su vida a un trabajo silencioso, pero profundamente transformador: acompañar a niños en sus primeros pasos dentro del sistema educativo.
Lo hizo en su amada Escuela 1, Leoncio Araneda Figueroa, E -830 de Cañete, tras haber entregado también siete años en el Colegio Concepción de Cañete. Pero reducir su historia a cifras sería un error. Su verdadero legado no está en los números, sino en la memoria afectiva de generaciones.
Porque ella no solo trabajaba: ella cantaba y reía. Cantaba con los niños, con una guitarra como extensión de su vocación. En cada canción había algo más que música: había contención, ternura y una forma de enseñar que no se aprende en manuales.
En un sistema educativo muchas veces tensionado por resultados, su presencia recordaba lo esencial: educar también es abrazar, escuchar y acompañar. Su cariño y alegría no eran accesorios, eran centrales. Los niños la querían, como se quiere a alguien que te hace sentir seguro, valorado, visto.
Esa capacidad, tan difícil de medir en indicadores, es quizás una de las contribuciones más profundas que puede hacer una persona en la educación. Amante del folclore, llevó la cultura a la sala de clases de manera viva, cercana, cotidiana. No como un contenido obligatorio, sino como una experiencia compartida.
Durante años lideró academias de folclore, formando parejas de cueca que no solo aprendieron a bailar, sino también a sentir y respetar nuestras tradiciones. Esas parejas compitieron en distintos escenarios, llevando consigo identidad y orgullo. Además, integró diversos conjuntos folclóricos, manteniendo viva una pasión que no era circunstancial, sino parte de su esencia.
El folclore, en ella, no fue un pasatiempo: fue herencia. Herencia de su padre, quien también amó esta música y le transmitió ese vínculo profundo con nuestras raíces. Hoy se jubila.
Y con ello, el sistema pierde a una educadora. Pero la comunidad gana algo más grande: el reconocimiento de una vida entregada a la educación con sentido. Porque quienes pasaron por su sala - hoy jóvenes, adultos, madres y padres - llevan consigo algo de esa alegría, de ese cariño, de esa vocación.
En un país que muchas veces olvida a quienes sostienen lo cotidiano, vale la pena detenerse y decirlo con claridad: educar no es solo entregar contenidos. Es formar personas. Y en esa tarea, figuras como ella no son complementarias, son fundamentales.
Estas palabras no buscan solo reconocer una trayectoria. Buscan también recordar que detrás de cada Escuela hay historias que merecen ser contadas. Historias donde el canto, la guitarra, la alegría, la vocación y el cariño no son adornos, sino pilares.
Y hoy, al cerrar este ciclo, no puedo dejar de decirlo desde un lugar más cercano: gracias. Gracias no solo por ser una gran profesional, sino por ser una gran mamá. Por todo lo entregado dentro y fuera de la sala de clases.
Por el ejemplo, la dedicación y el amor. Gracias Tía Mary. Estoy profundamente orgulloso de ti.
Tú Hijo José Manuel.