Todo lo antes explicitado de la “Trampa de Tucidides”, se ejemplifica elocuentemente en la actual rivalidad entre Estados Unidos (la potencia dominante) y China (la potencia emergente). Por ello, la cumbre de hace algunos días en Beijín concitó la atención sin precedente en todas las latitudes de nuestro planeta. Efectivamente, Xi Jinping optó por una postura de firmeza estratégica, calma institucional y pragmatismo.
Al advertir sobre la “Trampa de Tucídides” y exigir, simultáneamente, cautela sobre Taiwán. El líder chino contrastó su diplomacia de Estado con el brutal estilo transaccional de Trump, situándolo como imberbe, esmirriado improvisador y adulador. Es que Xi Jinping propuso un marco de “estabilidad estratégica” a largo plazo, en lugar de buscar una confrontación directa; abogó por eviten el conflicto histórico conocido como la “Trampa de Tucídides”, y exhortó a Trump a actuar como socios.
Empero, Xi Jinping fue más lejos, se enfocó en la Paz, en la mediación y en la seguridad de la Humanidad respecto de los cruentos conflictos globales actuales como la guerra en Medio Oriente y la situación en Irán, e insistió en la necesidad de aplacar las tensiones y garantizar el comercio abierto, argumentando que una disputa abierta entre superpotencias, es destructiva para la economía y el desarrollo mundial. Xi Jinping, evidentemente, no sólo había aprendido de Tucídides sino que también del estratega chino Sun Tzu, autor del ancestral libro «El arte de la guerra», que enseña que el mayor logro es ganar sin luchar, sustentándose en la prevención, el conocimiento, la adaptabilidad y el uso de la inteligencia para solucionar conflictos de forma eficiente; inspirándose en disciplina; preservando una comunicación clara; y evaluando aceradamente los riesgos antes de actuar. Asimismo, se esboza en su propuesta, premisas del pensamiento de Confucio -registrado en “los Analectas”– que enseñan que el autocultivo y la reflexión constante, son los pilares de una mente serena capaz de decidir en Justicia, garante de la Paz.
Immanuel Kant, en “La paz perpetua”, concluye que la paz no es fruto del instinto, sino que es un deber moral y un logro político, y que para alcanzarla, es imprescindible una federación de estados libres -similar a la actual Organización de la Naciones Unidas- y un sistema legal global como la Corte Internacional de la Haya. Todo ello, es la antítesis de lo demostrado con hechos por Trump, al que se le cuestiona carecer de una estrategia; de idoneidad moral; de logros políticos; de respeto al derecho internacional y de sus propio país; y de una afección por la Justicia y la Paz, al “gatillar” el armamentismo en Europa, América latina, Japón, Taiwan, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Corea del Sur, Israel, Groenlandia… Similar condición a la de Trump -aunque con otro registro- es la de Netanyahu, encarnación de la “Banalidad de Mal”, en el decir de la filósofa Hannah Arendt al tipificar a los criminales nazis. ¿Qué podemos hacer, entonces?
Alistarnos en las filas de los seres humanos de Bien. Es decir, prevenir y actuar, en pos de una “Paz Perpetua”, como nos alentaban los grandes líderes espirituales de hace más 2500 años como Confucio, Buda, Sócrates, Platón, y Aristóteles; medio milenio después Jesús; y posteriormente -más de 1500 años- Kant, Gandhi, Luther King, Mistral, Allende; y ya en siglo XXI, Tawakkol Karman, Shimon Peres, Arafat, y Mohamed ElBaradei, diplomático egipcio que recibió el Premio Nobel, por sus esfuerzos para evitar la proliferación de armas nucleares. Valioso fue entonces, el mensaje de Xi Jinping quién, en una genuina Clase Magistral, ante un estudiante letárgico como Trump, lo impele a evitar ser presa de “La trampa de Tucídides”.